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N.º 3 - TOMO 102 - 17 DE MAYO DE 2022

REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY

DIARIO DE SESIONES

DE LA

ASAMBLEA GENERAL

TERCER PERÍODO ORDINARIO DE LA XLIX LEGISLATURA

3.ª SESIÓN

PRESIDE BEATRIZ ARGIMÓN Presidenta

ACTÚAN EN SECRETARÍA GUSTAVO SÁNCHEZ PIÑEIRO, FERNANDO RIPOLL Y LA PROSECRETARIA VICTORIA VERA

SUMARIO

1) Texto de la citación

2) Asistencia

3) Homenaje al exministro del Interior y exsenador de la república doctor Jorge Larrañaga

4) Levantamiento de la sesión

1) TEXTO DE LA CITACIÓN

«Montevideo, 13 de mayo de 2022

La ASAMBLEA GENERAL se reunirá en sesión extraordinaria el próximo martes 17 de mayo, a las 14:00, a fin de rendir homenaje al señor exministro del Interior y exsenador de la república doctor Jorge Larrañaga, con motivo de cumplirse un año de su fallecimiento.

Fernando Ripoll Secretario - Gustavo Sánchez Piñeiro Secretario».

2) ASISTENCIA

ASISTEN: los señores senadores Oscar Andrade, Carmen Asiaín, Mario Bergara, Graciela Bianchi, Verónica Bica, Sergio Botana, Daniel Caggiani, Carlos Camy, Germán Cardoso, Charles Carrera, Sebastián Da Silva, Amanda Della Ventura, Guillermo Domenech, Ana Hunter, Liliam Kechichian, Sandra Lazo, Raúl Lozano, José Carlos Mahía, Guido Manini Ríos, Lauro Meléndez, Amin Niffouri, Daniel Olesker, Gustavo Penadés, Gloria Rodríguez, Enrique Rubio, Uruguay Russi, Sebastián Sabini, Carmen Sanguinetti y Juan Straneo, y los señores representantes Ubaldo Aita, Rodrigo Albernaz, Jorge Alvear González, Óscar Amigo Díaz, Sebastián Andújar, Fernanda Araújo, Gabriela Barreiro, Sebastián Cal, Nazmi Camargo Bulmini, Felipe Carballo Da Costa, Armando Castaingdebat, Walter Cervini, Gonzalo Civila López, Mario Colman, Milton Corbo, Álvaro Dastugue, Alfredo De Mattos, Bettiana Díaz Rey, Valentina Dos Santos, Lucía Etcheverry Lima, María Fajardo Rieiro, Zulimar Ferreira, Joanna Fort Petutto, Daniel Gerhard, Gonzalo Geribón, Gabriel Gianoli, Rodrigo Goñi Reyes, Claudia Hugo, Alexandra Inzaurralde, Miguel Irrazábal, Pedro Jisdonian, Nelson Larzábal Neves, Alfonso Lereté, Margarita Libschitz Suárez, Álvaro Lima, Eduardo Lorenzo, Nicolás Lorenzo, Eduardo Lust Hitta, Cristina Lustemberg, Enzo Malán Castro, Daniel Martínez Escames, Agustín Mazzini García, Martín Melazzi, Constante Mendiondo, Rafael Menéndez, Nicolás Mesa Waller, Sergio Mier, Aramis Migues, Gonzalo Mujica, Nancy Núñez Soler, Ana María Olivera Pessano, Gustavo Olmos, Marne Osorio, Ope Pasquet, Daniel Peña, Álvaro Perrone Cabrera, Ernesto Pitteta, Iván Posada Pagliotti, Javier Radiccioni, Luciana Ramos, Nibia Reisch, Diego Reyes, Juan Martín Rodríguez, Álvaro Rodríguez Hunter, María Eugenia Roselló, Lizet Ruiz, Felipe Schipani, Martín Sodano, Alberto Subí, Gabriel Tinaglini, Mariano Tucci Montes de Oca, Sebastián Valdomir, Carlos Varela, Nicolás Viera Díaz y Gustavo Zubía.

FALTAN: con licencia, los señores senadores Danilo Astori, Raúl Batlle, Germán Coutinho, Jorge Gandini, Pablo Lanz, Silvia Nane, Alejandro Sánchez y Juan Sartori, y los señores representantes Rubén Bacigalupe, Cecilia Bottino Fiuri, Omar Estévez, Alfredo Fratti, Orquídea Minetti, Conrado Rodríguez, Carlos Rodríguez Gálvez, Federico Ruiz y Dardo Sánchez Cal; con aviso, el señor senador Luis Pintado, y los señores representantes Eduardo Antonini, Rodrigo Blás, Wilman Caballero, Cecilia Cairo, Elsa Capillera, Diego Echeverría, Virginia Fros, Lilián Galán, Natalie Irigoyen, Verónica Mato, Gerardo Núñez Fallabrino, Gabriel Otero Agüero, Susana Pereyra Piñeyro, Martín Tierno, Carmen Tort, Javier Umpiérrez y Pablo Viana, y, sin aviso, Juan Moreno, Silvana Pérez Bonavita, Carlos Testa, César Vega y Álvaro Viviano.

3) HOMENAJE AL EXMINISTRO DEL INTERIOR Y EXSENADOR DE LA REPÚBLICA DOCTOR JORGE LARRAÑAGA

SEÑORA PRESIDENTA.- Habiendo número, está abierta la sesión.

(Son las 14:12).

Señoras legisladoras, señores legisladores: tengan ustedes muy buenas tardes.

La Asamblea General fue convocada para llevar adelante una sesión extraordinaria a fin de rendir homenaje al exministro del Interior y exsenador de la república doctor Jorge Larrañaga. Precisamente, este homenaje se lleva adelante en virtud de cumplirse un año de su fallecimiento.

Agradecemos especialmente la presencia de todos ustedes en este homenaje y queremos destacar la presencia de familiares y amigos que hoy están en los palcos. En el palco derecho se encuentran Jorge Larrañaga, Juan Larrañaga, Aparicio Larrañaga, Faustino Larrañaga, Ana Vidal, Emiliana Gonçalves, Liliana Echenique, Beatriz Larrañaga, Dora Larrañaga, Susana Larrañaga, Carolina Bartaburu y Agustina Cabrera, y, en el palco izquierdo, Francisco Norbis, Alfonsina Norbis, Pedro Norbis, Nicolás Norbis, Ignacio Cabrera, Martín Bergeret, Lucía Bergeret, Javier Arballo, Martín Martínez y Edgart Martínez.

Repito que queremos agradecer a todos su presencia, especialmente a los expresidentes doctor Julio María Sanguinetti, doctor Luis Alberto Lacalle Herrera y José Mujica –que está en el primer anillo–; a los ministros de Estado y al secretario de la Presidencia.

Abriendo este acto, se va a proyectar un breve video con recuerdos del doctor Jorge Larrañaga en esta casa.

(Se proyecta un video).

(Aplausos en la sala y en la barra).

–Tiene la palabra el señor legislador Carlos Camy.

SEÑOR CAMY.- Señora presidenta: agradezco a los señores legisladores por aprobar la convocatoria a esta sesión extraordinaria de la Asamblea General que tiene el propósito de homenajear al doctor Jorge Larrañaga.

Saludamos la presencia de los expresidentes de la república –mandato cumplido– doctores Luis Alberto Lacalle Herrera y Julio María Sanguinetti; de los señores ministros de Estado y sus secretarios presentes; del intendente del departamento de Soriano, Guillermo Besozzi; del intendente del departamento de Paysandú, doctor Nicolás Olivera. De manera particular saludamos a las jerarquías del Ministerio del Interior representadas en el señor subsecretario, doctor Guillermo Maciel; a los compañeros de principio de gestión de Jorge Larrañaga, doctor Luis Calabria, director general, y Santiago González, director de Convivencia y Seguridad Ciudadana; a los directores de entes autónomos y servicios descentralizados; a las comisiones binacionales; a los representantes de la Policía nacional encabezados por el comisario mayor licenciado Diego Fernández y a las jerarquías que lo acompañan.

Señora presidenta: el orden lo determinan el protocolo y la formalidad de la instancia, pero en los afectos del doctor Jorge Larrañaga primero, siempre, estuvieron sus hijos y su familia. Saludamos especialmente la presencia del doctor Jorge Larrañaga Vidal, de Aparicio Larrañaga Vidal, de Juan Francisco Larrañaga Vidal, de Faustino Larrañaga Echenique, de Ana Vidal, de Liliana Echenique; de sus hermanas Beatriz, Dora y Susana; de sus sobrinos y sobrinas; de sus cuñados.

SEÑORA BICA.- ¿Me permite una interrupción?

SEÑOR CAMY.- Señora presidenta: procedo a solicitarle que me permita conceder una interrupción a la señora Verónica Bica, que hoy ocupa la titularidad en el Senado de la república y fue –para quienes no lo supieron– durante diecisiete años y cuatro meses –con exactitud– secretaria, persona de primera confianza, compañera, alero siempre en la actividad de Jorge Larrañaga.

(Aplausos en la sala y en la barra).

SEÑORA PRESIDENTA.- Tiene la palabra la señora legisladora Verónica Bica.

SEÑORA BICA.- Como todos los que están en esta sala saben, resulta muy difícil traducir los sentimientos en palabras, las emociones en renglones, tantos recuerdos en minutos, una vida en un discurso. Todo ello es aún más difícil cuando de Jorge se trata.

Jorge fue pasión y resiliencia en todo lo suyo; en todos los aspectos de su vida: hijo, hermano, padre, militante, intendente, candidato, senador, ministro.

Fue exigencia y afecto, compromiso y solidaridad, ejemplo de vida dedicada a sus creencias; la política hecha carne en su parte más noble, esa que se traduce en sensibilidad por los que más necesitan; seriedad para con los grandes temas; cercanía con los compatriotas en cada rincón del país, cualquiera fuera su condición social.

Fue un político con mayúscula, de esos que hacen honor a quienes sienten esa vocación de servicio. Por ello, si de homenajes se trata, me retrotraigo a ese 22 de mayo de 2021, a ese golpe sordo que sufrió el país cuando se fue enterando, con incredulidad, de que Jorge ya no estaba; a ese dolor profundo y callado, a ese vacío duro, a esa fuerza de la naturaleza que se había apagado cuando nadie podía imaginar que alguien tan fuerte y presente podía irse así, desgarrándonos el alma.

El homenaje a Jorge se lo hizo el Uruguay entero en ese silencio que lo invadió aquel día con un llanto mudo, solo roto con las sirenas de su fuerza policial, que gritó su dolor en todos los pueblos del país por la partida de quien le devolvió la dignidad tan vapuleada.

El homenaje se lo hicieron sus gauchos en Paysandú, esos que él acompañó e hizo respetar. El homenaje se lo hacemos todos los días quienes tuvimos la dicha de compartir sus alegrías y tristezas tanto tiempo.

Sobre todas las cosas quiero destacar que detrás de la figura pública del líder recio había otro lado mucho más sensible y vulnerable: había un padre, un amigo, un hermano. Un ser humano bueno, un hombre bueno. Un hombre sin maldad que no comprendía la maldad de otros hombres, un hombre valiente que no comprendía la cobardía de otros hombres, un hombre recto que no comprendía los desvíos de los traidores.

Claro que extrañamos al líder, al referente, pero sobre todo extrañamos a ese hombre. Quienes estuvimos a su lado, quienes vimos al hombre detrás del político, quienes vimos su lado humano sabemos que tuvo defectos como todos los seres humanos, pero las virtudes de muy pocos.

Jorge era el arquetipo del protector, el que cuidaba a todos; esa sensación de desprotección y de orfandad es la que nos inunda.

En el Uruguay hay un líder menos, un guía menos, pero la tragedia que realmente ocurre es que hay un hombre bueno menos.

Jorge muy a menudo decía: «Hay una sola cosa imposible para los blancos: rendirnos». Es cierto. Pues hoy agregamos que hay otra cosa imposible para los blancos: olvidarte, Jorge querido.

Gracias, señora presidenta.

(Aplausos en la sala y en la barra).

SEÑORA PRESIDENTA.- Puede continuar el señor legislador Camy.

SEÑOR CAMY.- Muchas gracias, señora presidenta.

Confieso que alguna vez imaginé la convocatoria solemne de este Cuerpo, imaginé la convocatoria de la Asamblea General del Poder Legislativo en esta augusta sala que tanto representa, pero lo imaginé con un propósito distinto; lo imaginé con Jorge Larrañaga, no sin él. Lo imaginé con el propósito por el que dio tantas batallas, pero nunca sin él ni que fuera por el motivo que hoy nos convoca: rendirle homenaje a un año de su inesperada partida.

Aún hoy persiste el dolor, persiste la congoja, persiste el desconsuelo, pero no vamos a exhibir nuestro sentimiento de tristeza o de aflicción. Venimos, por el contrario, a celebrar su vida; venimos a rendir homenaje a un ser humano excepcional, extraordinario, a un dirigente político cuyo aporte y accionar resultan fundamentales para comprender los últimos veinte años de la vida de este país, las primeras dos décadas de este siglo. Venimos también a rendir homenaje a quien vivió con sentido de trascendencia; con valor y con dignidad fue como afrontó todas las circunstancias. Venimos a destacar la relevancia, la magnitud, la importancia de una vida que no fue vivida en vano, de una vida pautada siempre por los valores que lo distinguieron, que lo determinaron, que construyeron y constituyeron su fisonomía. Fue un hombre de principios, fue un hombre con valores bien definidos, claramente definidos. Cada vez que Jorge Larrañaga se vio en la encrucijada de tener que optar entre lo que era conveniente y lo correcto, fue por el camino de lo correcto. Vivió y sufrió la actividad política al influjo de transitarla, sin apartarse de sus convicciones y del sentido del deber. Tenía un enorme sentido del deber. Solía reiterar, solía reiterarnos que el ejercicio del poder no genera derechos, sino que, por el contrario, engendra responsabilidades. Ese es el hombre al que hoy la Asamblea General de la república le presta homenaje.

Fue intendente de Paysandú con apenas treinta y dos años, constituyéndose, en ese momento, en el más joven de los intendentes del país –lo fue por diez años consecutivos–, recordado aún hoy en el litoral del país por la impronta de su trabajo, por la obra. Basta recorrer cualquier rincón de ese gran departamento del litoral para encontrar allí hoy vigente, destacándose plena en la exhibición, alguna obra impulsada por la gestión de Jorge Larrañaga; gestión proba, gestión eficaz, gestión eficiente, con la impronta personal que lo caracterizó: la dedicación, el empuje, el compromiso con la palabra dada, cumplir lo que se había prometido. Hizo de su vida política, y lo cumplió, el ejercicio permanente de hacer coincidir lo que se decía con lo que se hacía y, si no, murió en el intento, siempre.

Se visualizaba ya tempranamente, en el marco de esa gestión, al intendente activo, dinámico, emprendedor, enérgico, diligente. Fue, precisamente, al término de ese segundo mandato que un puñado de dirigentes del interior del país lo va a buscar a Paysandú, tal vez en uno de los momentos más difíciles que atravesó nuestro partido político. Y asumió, con la responsabilidad y la convicción de siempre, el desafío de promover un proyecto político que ya sumaba en su propia gestión como una esperanza desde el litoral en el sueño siempre pendiente de la construcción de un país más integrado.

Lo que sigue es el periplo nacional. Comienza una carrera, con lo difícil que eso es para quienes somos del interior del país. Bien sabemos que en todos los órdenes de la vida para la gente del interior abrirse camino en este país siempre cuesta un poco más; el camino está en repecho, cuesta arriba. Fue esa figura joven, vital, llena de energía, de convicciones firmes, la que asumió ese liderazgo de una corriente política en el Partido Nacional que lo llevó a un ritmo de vida de riesgo, azaroso, de vértigo, pero, al mismo tiempo, conviviendo con la responsabilidad, con el sentido de la responsabilidad, con el apego a las normas, con la actuación en el marco de los principios y de los valores que justificaban una entrega tan generosa y sin par a la causa nacional.

Fue cinco veces electo, consecutivamente, senador de la república, siempre encabezando la lista al Senado. En cinco oportunidades fue electo senador de la república, y fue protagonista como parlamentario, como legislador, desde su banca senatorial, como dirigente político que fue ganando en el Partido Nacional la estatura que hace que hoy lo estemos reconociendo, nosotros, los blancos, como uno de los dirigentes políticos más importantes que nuestra colectividad vio en este siglo XXI. Siempre en el mismo trillo, siempre en la misma huella, siempre en el mismo rumbo; templado su accionar por las cosas en que creía, por su origen orgulloso de Paysandú, de sanducero, que reivindicó siempre, entendiendo al Uruguay no meramente como una suma de regiones o comunidades, sino como un país que tenía realidades distintas. Eso, tal vez, le hizo poner siempre el acento –para algunos desmesuradamente, para otros, para convencernos, como la primera razón– en que había una parte del país que estaba rezagado. Interpretó ese país porque vivió ese país, sintió ese país, cultivó las tradiciones nativas, al punto de ir a honrar a quien definía como el mejor de los nuestros, el general Artigas, a pata de caballo, durante veintitrés días, con paisanos que lo acompañaron a rendir ese tributo al Paraguay.

Aportó, en esa incesante lucha, donde conoció la derrota y la victoria, donde se erigió en el candidato por entonces más votado del Partido Nacional, alcanzando el apoyo del 35 % del voto ciudadano, donde le tocó perder y asumir con hidalguía, con dignidad –en definitiva, porque es lo que se debe–, desde esa condición, la primera fila en la trinchera partidaria. Y fue tan blanco cuando ganó como cuando perdió.

Es, precisamente, durante ese tiempo que conviven la actividad del senador destacado, activo y prominente, con la actividad partidaria, siempre brindándose a un partido al cual amó, a un partido en el que creyó siempre; es imposible interpretar su modelo político fuera del Partido Nacional.

Durante su trayectoria política, impulsó la idea de la descentralización, priorizando una visión nacional con anclaje en lo local para lograr un desarrollo nacional integral. Concebía la descentralización como una visión de desarrollo del país que entrañaba un sentido de justicia.

Recuerdo claramente su exposición en el Senado de la república en la legislatura anterior, en el año 2016, reivindicando este concepto, no porque sea una bandera central en el pensamiento nacionalista y para nuestro partido, no por una coyuntura política circunstancial, sino por una cuestión de calidad democrática y de calidad institucional.

Encarnó la visión más genuina del wilsonismo del siglo XXI, defendiendo el concepto de descentralización, con el propósito de llegar a un sistema de federalización de cometidos y servicios. Repetía, una y otra vez, que no existe desarrollo del país sin desarrollo del interior en su conjunto.

Como señalé, entendía la descentralización como un acto de justicia que implica la igualdad de oportunidades entre los uruguayos.

Desde esa perspectiva, desde su visión geopolítica de lo que significaba el desarrollo nacional, se requería asistir a un nuevo paradigma de integración nacional, y eso pautaba, eso centraba la idea política, la bandera que levantó Jorge Larrañaga.

«Integrar para crecer», así concebía el desafío de Uruguay en el siglo XXI.

Pautó en su vida política como intendente, como presidente del Directorio del Partido Nacional, como candidato a la presidencia del partido y como senador de la república esa visión del desarrollo integral por la autonomía sin tutelaje de los gobiernos departamentales. Más de una vez me repetía que la Constitución del año 1952 otorgó instrumentos de autonomía que, por distintas vías, sucesivas administraciones centrales fueron erosionando.

Creía y decía: «Más descentralización es más poder en manos de la gente; por tanto, es mejor democracia». Y acá debo mencionar algo que me parece central: hacer coincidir lo que se pensaba con lo que se hacía. Y hay muestras de su actividad parlamentaria vinculadas a este concepto, como el proyecto de ley para crear las agencias nacionales para el desarrollo, o el proyecto de ley de repoblamiento de la campaña –que fue sancionado y firmado por ambos– para dotar de recursos al Instituto Nacional de Colonización y fortalecer la Ley n.º 11029, con el noble propósito de promover la radicación de la familia en el medio rural. Una vez más hizo coincidir lo que pensaba con lo que hacía.

La educación lo obsesionó; fue prioridad siempre. Su extensa vida parlamentaria fue testigo de eso.

Podemos recordarlo en su primera expresión como novel senador de la república –era muy joven–, durante la presidencia del doctor Batlle, condicionando su voto en una instancia presupuestal a que el marco legal constituyera la presupuestación de los auxiliares de servicio de las escuelas rurales.

Recordamos también el proyecto de ley sancionado en el año 2001 –ley incumplida– para crear la ciudad universitaria en la excárcel de Miguelete. El gobierno acaba de anunciar, a través de las autoridades del Mides, que se va a reconocer con su nombre una propuesta en esa dirección.

Era un hombre con visión de Estado; era un hombre de la república; era un hombre que manejaba con luz larga: convivía en él la misma pasión para hacerse cargo y resolver la demanda cotidiana que le llega a quien tiene responsabilidades de esa magnitud con la de proyectar, estratégicamente, acciones de largo alcance. Así fue el planteamiento del Acuerdo Nacional por la Educación, hecho histórico que se logró en 2012. Todos los partidos políticos con representación en la Asamblea General firmaron el Acuerdo Nacional por la Educación, que finalmente no se llevó adelante por razones que no voy a señalar, porque este no es el ámbito ni el momento de hacerlo.

Inmediatamente, hizo su viaje a Finlandia, porque era el país modelo en la transformación de la educación exitosa en el mundo. Fue a mirar, a aprender, a hablar y a consultar con los responsables y las autoridades de ese modelo. Conformó una delegación para que lo acompañase, integrada por la doctora Ana Ribeiro, el doctor Luis Calabria, el doctor Guillermo Fossati, el doctor Eber Da Rosa –exsenador de la república y exintendente de Tacuarembó, quien también integraba la Comisión del Senado de la república– y Francisco Bliman, un maestro de una escuela rural de Sauce de Solís con once alumnos.

Ese es el concepto, una vez más, de hacer coincidir lo que decía, lo que le obsesionaba, lo que trasmitía en su discurso, en su propuesta, en el papel y en la convocatoria, con la posibilidad de hacerlo en el plano legislativo, que es donde él estaba; era la ley o poner el liderazgo a disposición. Y cuando digo «poner el liderazgo a disposición» es porque fue, y lo reivindico, uno de los principales dirigentes políticos que he conocido –tengo cincuenta años– con mayor vocación de diálogo, con mayor vocación de tender puentes, con mayor vocación de hacer de la política la herramienta que la gente espera. Y eso, a veces, supone arriesgar el liderazgo y pagar costos políticos. Nunca pagó ninguno; lo que hizo siempre fue por su convicción, porque lo entendió como el sentido del deber, seguramente, no solo alimentado por su formación y sus valores, sino también porque estaba cobijado por un partido que nació para ser el de la nación.

En la pasada legislatura insistió nuevamente –quienes compartimos con él el Senado de la república lo sabemos– con el tema de la educación, y presentó el proyecto de transformación de la matriz de la educación pública en Uruguay, promoviendo la gobernanza educativa multipartidaria, la formación docente con nivel universitario, becas para los docentes en Europa y Estados Unidos, autonomía para las instituciones en la gestión y autonomía pedagógica, fortalecimiento de las escuelas de tiempo completo, un nuevo modelo liceal, escuelas abiertas todos los días del año y un mayor protagonismo de los directores.

En el último tiempo se abocó a la seguridad. Asumió ese cargo con una profunda convicción y consciente de que implicaba un desafío político y personal enorme. Una vez más se impuso el sentido del deber, ese que lo pautó en su vida: hacer lo que correspondía hacer. Llegó para promover el orden, para promover el respeto y el imperio de la ley como base de convivencia; se comprometió a dar la cara siempre, y fue un ministro 24-7.

Lo saben las comisarías de este país; lo sabe cada uno de los policías compañeros de él y lo sabe cada ciudadano. Era de los que llamaba a las cinco de la mañana a un jefe de Policía para interesarse por una novedad; era de los que salía a recorrer sin avisar, y de los que eran capaces –tal vez por haber sido intendente, por esa lógica tan del interior, porque lo permite la escala y la dimensión de la cercanía, confiando en lo tangible y en la relación personal– de entender que el Uruguay, en definitiva, tiene rostro, y que esa sigue siendo la mejor receta.

Cumplió con la creación de la Dirección Nacional de Seguridad Rural y se instaló en el interior de la república. Dio apertura, en apenas catorce meses, a más de cuarenta y tres destacamentos, comisarías, subcomisarías y unidades de respuesta policial, y reabrió algunas que eran taperas. Promovió el respaldo político, el respaldo material, el respaldo moral a la Policía Nacional.

En definitiva, será recordado siempre como el ministro que bajó los delitos en este país, porque así fue.

Señora presidenta: fue intendente de Paysandú en dos oportunidades; senador de la república en cinco oportunidades; ministro de Estado; candidato a presidente de la república por el Partido Nacional; dos veces candidato a la vicepresidencia de la república por el Partido Nacional; presidente del honorable directorio del Partido Nacional; presidente de la agrupación parlamentaria del Partido Nacional; líder, fundador y presidente de Alianza Nacional.

La Asamblea General de este país rinde homenaje a un referente político de excepción, a una persona honesta, que vivió con un indoblegable espíritu de lucha. Fue un combatiente que se marchó invicto. ¡Se marchó invicto! Porque alguien que es honesto y que es capaz de levantarse cada vez que se cae es una persona invicta. Apenas tuvo algún tropiezo electoral.

Dimos todas las batallas juntos –¡todas!–, en la misma trinchera siempre. Compartimos el repecho, el viento en contra. Fue mi amigo, fue mi compañero y fue mi líder. Hoy me honro en dirigirme a la Asamblea General, en nombre del Partido Nacional, para reconocer a Jorge Larrañaga, al doctor Jorge Washington Larrañaga Fraga: blanco, sanducero, oriental, hombre que conoció al Uruguay, que amó a su país, que lo sirvió.

Tengo la sensación de que va a seguir presente. Su tono de voz fuerte y grave, la complexión física, su fisonomía –que lo definía en los rasgos que la fragua cotidiana del trabajo y de la fe fue moldeando en su vertiginosa vida–, a veces escondía algunos de sus rasgos más queribles. A veces dejaba, en una linda sonrisa, traslucir el interior de una persona noble, generosa, que amaba a sus hijos y a su familia como a lo que más, que era hijo de sus ideas, de sus convicciones, que vivió su periplo político libre, sin ataduras, sirviendo a su Partido Nacional porque entendía que era el instrumento para servir al país. Fue caudillo, fue baqueano, intuitivo, perspicaz, conocedor; marcaba el rumbo. Siempre fue a la vanguardia, siempre fue en la primera fila.

El país lo va a extrañar. Cada vez que se alce alguna voz reivindicando por un derecho postergado, cada vez que alguien se enfrente ante una injusticia, cada vez que la parada sea en defensa de la democracia, cada vez que la república se juegue su destino, quien asuma ese compromiso sentirá una voz que le dirá: «Hay orden de no aflojar».

(Aplausos en la sala y en la barra).

SEÑORA PRESIDENTA.- Tiene la palabra la señora legisladora Sandra Lazo.

SEÑORA LAZO.- Señora presidenta: saludamos a las autoridades nacionales y departamentales presentes, a su familia –como corresponde– y a sus amigos.

El Frente Amplio suma su voz a este homenaje, y lo hace en la absoluta convicción de aquella frase que Publio Terencio, en el año 165 a. C., en su comedia El enemigo de sí mismo, colocaba en palabras pronunciadas por el personaje Cremes, para justificar su intromisión: «Nada de lo humano me es ajeno».

Decía un querido compañero, ya fallecido, que el último acto de la vida es morir. Además, este es un hecho triste, que da lugar indefectiblemente a eso que denominamos «sentimiento trágico de la vida».

Lo cierto es que hoy, desde esta fuerza política opositora, adherimos en términos humanos, políticos y cívicos a este homenaje planteado en el seno de la Asamblea General, sin dudarlo.

El homenaje es al político, más allá de la diferencia. Es a Jorge Washington Larrañaga Fraga, ese sanducero, blanco; ese hombre nacido en un hogar politizado, con un padre también dedicado a la política. Nacido en una familia conformada por una mayoría de mujeres, era el único varón de cinco hijos concebidos por la pareja que habían formado Jorge Larrañaga y Ketty Fraga.

Larrañaga se crio, estudió y vivió en el campo, desempeñando tareas inherentes al mismo.

Jugó al fútbol en el Club Atlético Centenario Uruguayo de Paysandú. Estudió y se recibió de abogado. Se definía wilsonista, quizás desde aquel momento en que mantuvo un encuentro con el líder blanco allá por el año 1971, siendo muy joven, al punto de considerar ese hecho como un hito en su vida política.

Era muy joven también aquel 27 de noviembre de 1983, cuando en su propio departamento tuvo la responsabilidad de leer la proclama que a nivel nacional en el Obelisco inmortalizaba Alberto Candeau frente a una dictadura cívico-militar que se caía a pedazos.

Fue suplente de diputado en 1984, y con treinta y un años resultó electo intendente de Paysandú, llegando a ser –como bien dijo el señor senador Camy– en aquel momento el más joven de los intendentes, responsabilidad que ostentó durante dos períodos sucesivos.

Posteriormente, se trasladó a la capital, al ser electo senador. Fue candidato a la presidencia de la república en 2004. Presidió por cuatro años el Directorio del Partido Nacional y acompañó a Luis Alberto Lacalle en la fórmula presidencial hasta el balotaje de 2014. Resiliente y, porfiadamente, con el respaldo de su sector Alianza Nacional, se postuló como precandidato compitiendo con el actual presidente de la república.

El 1.º de marzo de 2020, el presidente Luis Lacalle Pou lo designa como ministro del Interior.

Antes, aún, nos habíamos enfrentado políticamente en lo que fuera su propuesta de reforma constitucional en un concepto que no compartimos, como forma –expresada por él mismo– de canalizar el reclamo por la inseguridad, lo que finalmente no prosperó.

Pese a las adversidades, no se dio por vencido, porque él mismo decía que nunca se veía como un simple espectador de los acontecimientos. Eso habla de una fortaleza interior. Él mismo se consideraba un combatiente, y pese a proceder de una familia cuyo progenitor había sido diputado, no se autopercibía como un hombre con herencia política, sino que se reconocía como parte de una construcción en base a su proyecto político y a su propio esfuerzo.

Estaba convencido de que las elecciones internas se dirimían en un marco de polarización entre dos candidatos, y que cada elección era diferente a la próxima y también a la anterior. Y así, sobre esas convicciones, se levantaba y daba de nuevo la pelea. Así lo manifestaba en una entrevista en la que expresaba: «Me embarqué en esta precandidatura porque tengo un proyecto, un equipo, ideas, experiencia y un relato de vida de mucho esfuerzo y resiliencia. Creo que para enfrentar cualquier actividad de la vida hay que saber sufrir y superar los sufrimientos para salir adelante. También tengo pleno conocimiento del sistema político».

En esa misma entrevista se lo consultaba frente a las escisiones que previo a la etapa electoral sufrió su sector, protagonizadas por algunos dirigentes, y con esa vehemencia que lo caracterizaba, respondió casi en tono coloquial como solía hacerlo: «Siempre preocupa el posicionamiento diferente de quienes compartieron un proyecto durante muchos años. Estaría faltando a la verdad si le dijera una cosa diferente, pero tengo la necesidad de seguir adelante. No me funciona el espejo retrovisor, lo perdí. ¿Sabe por qué? Porque uno no puede avanzar mirando para atrás. Lo único que hace es enlentecer su paso, enlentecer su marcha […]».

Adherimos en estos términos al homenaje a un adversario firme, portador de honestidad intelectual, de entereza, resiliente, que supo defender sus convicciones en una forma muy visceral, más allá de las diferencias políticas y de concepción que tuvimos.

Con el senador Larrañaga fuimos vecinos de despacho, en la previa de la pasada campaña electoral. Su carácter y su proceder temperamental traspasaban muchas veces las paredes del despacho contiguo. Era de esos hombres que, como la mayoría de los hombres de campo, cuando daba la mano se sentía el apretón.

En el documental que en el 2014 hiciera Marcos Gutiérrez reseñando su vida, Larrañaga relató hechos sobre sus orígenes y su vida, y allí hablaba de su apodo, el Guapo, que tiene una clara connotación a su afición a los caballos. Hablaba de que en el hipódromo se quedaba con cualquiera, se conocía con todos y decía que dos por tres hacía alguna bandidiada. Entonces, seguramente algún peón se asomaba con algún alpartagatazo –al decir de sus palabras– y él le respondía colocándose en posición de pelea. Fue en ese ámbito que empezó a darse el nombre del Guapo, y después cuando tenía siete años, el padre le puso ese nombre a un caballo.

Entre 2010 y 2015 muchas veces se lo vio por la chacra de Mujica, como integrante de la entonces oposición, en ese necesario ejercicio político que es el diálogo.

En fin, hoy, a un año de su partida, luego de haber estado al frente de una de las carteras que mayor desgaste produce en la calidad de vida de quienes se comprometen con la tarea –más allá de diferencias– estamos recordando a aquel político blanco, al adversario de apretón de manos fuerte, de sonrisa sencilla y al hombre de campo, por momentos desconfiado, visceral, desafiante y pasional. Un hombre que, como todo hombre de a caballo, supo estar en las gateras –al decir de una entrevista que lo pintaba–, sobre el pingo, alentando y sufriendo la carrera. Un hombre protagonista de éxitos, que además supo enfrentar costos políticos, y que en el 2019 celebró la victoria de su partido, y se comprometió con él. Un hombre al cual ese empeño en la tarea lo llevó a someterse a las presiones que la misma implica, por la complejidad y por las expectativas que se generaron en torno a la solución de una problemática que es tan compleja.

El otoño pasado concurrimos a despedirlo, en un momento muy particular a nivel nacional y mundial. Fue en aquel 2021 en el que no se permitía que las despedidas se dieran con los tiempos adecuados para que el duelo de sus más cercanos se cumpliera. No obstante, allí estuvimos los frenteamplistas acompañando a sus deudos y a los militantes de su partido, en un gesto tan humano como republicano; con respeto, con mucho respeto.

Quienes venimos de otras filas partidarias aprendimos las enseñanzas que nos dejó nuestro líder, el general Líber Seregni; entre ellas, algo fundamental, que es tener responsabilidad y saber que no se gobierna solo desde el gobierno, sino también desde la oposición, y para gobernar desde la oposición –cuando crece la responsabilidad que la propia sociedad le da a una organización partidaria– hay que hacer esfuerzos importantes, cueste lo que cueste, para formalizar acuerdos y encuentros que permitan resolver los problemas concretos en una sociedad. Asumimos responsabilidades políticas, no las eludimos. Por eso hoy, por sobre la diferencia, apostamos a la coherencia, a aquello que expresábamos al comienzo en cuanto a que nada de lo humano nos es ajeno, porque hay instantes en la vida en que es necesario mirar hacia adentro, hacia el alma de hombres y mujeres, y acompañar en el dolor, con grandeza de espíritu.

A nuestros adversarios políticos, a su familia, a sus amigos, como dignos herederos de hombres y mujeres que nos enseñaron a mantener la calidez, el trato afable, sin mengua de la postura enérgica ni de la convicción firme para marcar distancia, pero sin romper nunca los vínculos, expresamos hoy nuestro reconocimiento.

Gracias, señora presidenta.

(Aplausos en la sala y en la barra).

SEÑORA PRESIDENTA.- Tiene la palabra el señor legislador Gustavo Olmos.

SEÑOR OLMOS.- Señora presidenta: en nombre de la bancada de diputados y diputadas del Frente Amplio queremos adherir a este homenaje, y saludamos a las autoridades presentes y a la familia.

Es un homenaje a un político ineludible de los últimos treinta años de la historia de este país que, como ya se ha dicho, ocupó cargos de máxima responsabilidad: fue dos veces intendente, senador, ministro y presidente del Honorable Directorio. Se constituyó en un referente en Paysandú, donde dejó obra material y cultural –el senador Camy hizo referencia a las caballadas en la meseta de Artigas–, y de su partido en el cual jugó un rol fundamental para redinamizarlo en un momento muy difícil, después de una derrota electoral que había sufrido el Partido Nacional, que lo puso en camino a lo que ha sido la historia desde ese momento hasta ahora. Fue un punto de inflexión que constituyó al Partido Nacional en un partido que siempre está en la conversación del balotaje. Eso fue a partir de ese cambio que se operó con Larrañaga.

También fue un referente en la política nacional, alguien capaz de marcar agenda y de impulsar temas y ponerlos en el centro de la discusión nacional, porque era de los políticos que les ponían el cuerpo a sus ideas y creo que eso tiene un valor tremendo.

Fue un duro opositor, especialmente en el período en que le tocó presidir el Honorable Directorio, pero siempre con capacidad de diálogo. La senadora Lazo hacía referencia a su diálogo con el presidente Mujica, pero también cabe destacar su participación en iniciativas con relación a la educación y su propuesta de reforma constitucional para achicar el ciclo electoral. Fueron un conjunto de iniciativas en las cuales el diálogo era constante, porque atrás de ese político temperamental y vehemente –han sido algunos de los adjetivos que se han utilizado acá y creo que era así; públicamente, muchas veces era preso de su personalidad– había un político que tenía un relacionamiento absolutamente correcto con los demás y que en el escenario personal era una persona afable. Probablemente, eso haya sido parte del éxito que tuvo en su departamento. Es recordado en Paysandú y en muchos otros lugares como uno de los intendentes que recorría todo el departamento, de cabo a rabo, y tenía preocupación por cada uno de los ciudadanos.

En ese marco, la bancada del Frente Amplio adhiere a este homenaje y saluda al Partido Nacional.

Muchas gracias.

(Aplausos en la sala y en la barra).

SEÑORA PRESIDENTA.- Tiene la palabra el señor legislador Ope Pasquet.

SEÑOR PASQUET.- Señora presidenta: en nombre del Partido Colorado hemos venido a expresar nuestra adhesión a este homenaje que la Asamblea General tributa a la memoria de Jorge Larrañaga.

La muerte lo sorprendió siendo ministro del Interior del gobierno que asumió sus funciones el 1.º de marzo del año 2020.

Le correspondió la tarea quizás más exigente y más dura de los ministros del Gabinete: hacer frente a una crisis de la seguridad pública que reclamaba se la enfrentara con decisión y energía. Así lo hizo Jorge Larrañaga; acometió esa tarea con la misma decisión, con el mismo coraje, con el mismo sentido de responsabilidad con los que había acometido tantas otras tareas en su vida. Desplegó su energía, desplegó su dinamismo incansable, su profundo sentido de la responsabilidad e hizo sentir inmediatamente los primeros resultados de su gestión.

Cuando tuvo que respaldar a los funcionarios policiales, aun en circunstancias difíciles, lo hizo resueltamente, y cuando tuvo que apartar a algún funcionario de sus responsabilidades, lo hizo también sin que le temblara el pulso. Se podrá coincidir o discrepar con tal o cual medida, pero nadie pudo dudar ni un momento –nadie dudó ni un momento– de que Jorge Larrañaga estaba al mando del Ministerio del Interior, que había allí una autoridad que se hacía sentir y que se ejercía, y que la fuerza pública tenía un conductor firme que tenía claramente definido lo que debía hacer.

Definió como primer enemigo de la seguridad pública al narcotráfico; lo hizo clara y resueltamente, asumiendo no solamente el compromiso político, sino hasta el riesgo personal implícito en una definición de esa naturaleza. Trabajó de una manera que se ganó, sin duda posible, el respeto de todos.

En esa tarea culminó un servicio público que había empezado hacía muchos años, cuando fue edil en la Junta Departamental de su Paysandú natal. Fue luego intendente en dos oportunidades, como se ha recordado. Fue elegido senador en 1999, y después fue reelecto senador, hasta su muerte. La ciudadanía lo respaldó una y otra y otra vez, reiterando su confianza en este hombre que expresaba sus convicciones políticas con franqueza, con claridad, con reciedumbre y con lealtad.

Fue un hombre profundamente identificado –radicalmente identificado– con su partido, el Partido Nacional. De él cabía decir, sin exagerar ni un poquito, que era blanco como hueso de bagual; blanco y wilsonista, y eso lo exhibió con orgullo en todos los ámbitos de su actuación.

Encaró la lucha política y la lucha interna como debe encararse: con pasión, con ánimo resuelto, sin escatimar esfuerzos, sin eludir definiciones tajantes y frontales. Pero también, cuando el momento llegó, supo contribuir a la unidad de su partido. Permítanme que diga esto desde fuera del Partido Nacional, como ciudadano que mira lo que ocurre en otras tiendas, con el interés que tenemos todos los que participamos en la vida política. Y si admiramos a Jorge Larrañaga por su despliegue, por su acción frontal, por su dinamismo incansable, lo admiramos, también, cuando supo contribuir a la unidad de su partido, integrando la fórmula presidencial que encabezó el doctor Lacalle Herrera, en el año 2009, y luego acompañando al doctor Lacalle Pou, en 2014. Esas fueron contribuciones a la unidad de su partido que nadie puede desconocer en su valor y en su trascendencia. Eso lo terminó de perfilar como un hombre político y un hombre de partido cabal, que enfrentaba cuando tenía que enfrentar y apoyaba cuando tenía que apoyar, sabiendo y sintiendo que sin partidos políticos fuertes no hay república ni democracia sólida. Lo sintió y cuando tuvo que contribuir a eso lo hizo de corazón, con el gesto que todos tenían derecho a esperar de él y que rindió con altura republicana en el momento en que tuvo que hacerlo.

En la lucha política fue ciertamente enérgico y duro; vaya si lo sabemos los colorados. No ahorró energía y no ahorró términos severos cuando tuvo que expresar sus diferencias con todos y con nosotros también. Pero como digo esto digo, asimismo, que siempre nos sentimos respetados por Jorge Larrañaga; los colorados nunca sentimos que nos faltara el respeto.

Fue en más de una oportunidad a la sede de nuestro partido –a la vieja casona de Martínez Trueba– y fue recibido por el Comité Ejecutivo Nacional del Partido Colorado. Allí planteó sus ideas y sus iniciativas en el mejor de los tonos, en el respeto, sabiendo que encontraría algunas coincidencias y otras discrepancias, pero cultivando ese diálogo indispensable entre los partidos que hacen a la vida política de la república.

Así como conversó con nosotros conversó también con los dirigentes del Frente Amplio. Dialogó con Julio María Sanguinetti y con José Mujica. Era un hombre de diálogo que sabía enfrentar y discrepar y sabía buscar la conversación, buscar el diálogo y buscar las coincidencias que la república necesita encontrar para marchar adelante y no empantanarse en el enfrentamiento estéril, repetido una y otra vez.

Así como era capaz de discrepar y de dialogar, en el trato personal era un hombre cordial, era un hombre amable y afable, bromista y jovial. Yo coincidí con él en la Comisión de Asuntos Internacionales del Senado, y lo recuerdo en esa faceta: conversador, capaz siempre de encontrar la broma oportuna para distender el momento, un compañero siempre grato en la tarea parlamentaria y en el trabajo político en general.

Se decía recién con acierto que cuando daba la mano uno sentía su apretón de manos, y yo les aseguro que cuando daba un abrazo el esqueleto sentía el abrazo de Jorge Larrañaga.

Nos conocíamos de mucho tiempo. Fuimos compañeros en la Facultad de Derecho, en el aula de Obligaciones del profesor Jorge Gamarra, y desde ahí venía un viejo conocimiento y un afecto entrañable.

Sentí profundamente cuando falleció. Ese día yo esperaba en mi casa a algunos amigos de la vida privada –totalmente ajenos a la política–, pero tan pronto como me enteré de la noticia y me cercioré de que era cierta –porque no podía creerla–, inmediatamente mi esposa y yo avisamos a los amigos que no vinieran, porque habiendo muerto Jorge Larrañaga no podíamos recibir a nadie. Así lo sentimos, y lo sentimos ahora en este momento en que evocamos su fallecimiento, un año después de ocurrido. Y decimos que Jorge Larrañaga puede descansar en paz porque se ganó esa paz con el esfuerzo que hizo durante toda su vida. Que él descanse en paz, porque nos deja, además, un hermoso ejemplo, un ejemplo que ilumina a todos los ciudadanos que queremos y respetamos a la república y que queremos servirla con honor, como lo hizo Jorge Larrañaga.

Muchas gracias.

(Aplausos en la sala y en la barra).

SEÑORA PRESIDENTA.- Tiene la palabra el legislador Guido Manini Ríos.

SEÑOR MANINI RÍOS.- Señora presidenta: adherimos sin dudarlo a este acto en el entendido de que se trata de un homenaje a una persona singular.

El doctor Jorge Washington Larrañaga, hijo del homónimo diputado por Paysandú, fue dos veces intendente de su departamento natal. Fue –como se ha dicho en sala– cinco veces senador; candidato a la presidencia; dos veces candidato a la vicepresidencia; presidente del Directorio del Partido Nacional; líder de un sector político, y por encima de todo fue una persona de bien, una persona franca, un luchador tenaz hasta el final en cada una de las actividades que emprendió en su vida.

Personalmente, intercambié opiniones con él, siendo ya ministro del Interior, y pude aquilatar la sinceridad, la franqueza, la decisión y, sobre todo, el compromiso con lo que estaba haciendo el ministro Larrañaga.

Me contaba anécdotas de sus visitas a una cárcel, de sus diálogos con los presos, de lo que veía en las comisarías, y uno veía a una persona que había hecho del ministerio su propia vida. Eso, seguramente, condicionó lo que le quedaba por vivir, habiendo dado todo –¡todo!– por una causa superior.

Nosotros somos de los que pensamos que aquellos que son capaces de morir por una causa superior merecen, antes que nada, respeto. Y si esa causa conduce al bien común, al bien de la sociedad, además de respeto merecen reconocimiento y homenaje, y merecen este homenaje.

Creemos que Jorge Larrañaga nos dejó a todos un ejemplo de lo que debe ser el servicio a la comunidad; un ejemplo de rectitud, de cumplimiento de la palabra empeñada, de desprendimiento del interés personal en aras del interés del país. Así lo demostró en distintas ocasiones que fueron mencionadas aquí, en sala. Creo que ese ejemplo nos debe guiar a todos. En una política donde muchas veces, lamentablemente, faltan esos ejemplos, debemos seguir a ese guía que hoy, en ausencia, nos sigue guiando, porque ese tipo de ejemplo nunca muere.

Vaya nuestro profundo homenaje, nuestro sentido respeto, a la memoria del doctor Jorge Larrañaga y el deseo de que nuestro país encuentre en su huella el camino hacia un bien, hacia un destino, mejor que el que hoy tiene nuestra sociedad.

Muchas gracias, señora presidenta.

(Aplausos en la sala y en la barra).

SEÑORA PRESIDENTA.- Tiene la palabra el señor legislador Guillermo Domenech.

SEÑOR DOMENECH.- Señora presidenta: desde Cabildo Abierto, vaya nuestro saludo a las autoridades presentes, a los colegas parlamentarios, y también nuestro saludo y respeto a la familia del doctor Jorge Larrañaga.

Como señalaban las conocidas coplas de Jorge Manrique a la muerte de su padre:

Recuerde el alma dormida,

avive el seso y despierte

contemplando

cómo se pasa la vida,

cómo se viene la muerte,

tan callando […].

Realmente, la muerte sorprendió al doctor Larrañaga de manera imprevista; se acercó a él, al decir de Manrique, «tan callando». Esto es lo que hizo más dolorosa la desaparición física de quien fue un político honesto, valiente y de principios.

Como señaló José Enrique Rodó en Motivos de Proteo, no vive quien más años vive, sino quien con su superior maestría multiplica y reparte los elementos de su actividad espiritual. Por eso, si bien su vida cronológicamente fue mucho más breve de lo que era de esperar, sin duda fue muy intensa por su capacidad de multiplicar y difundir sus ideas, sus principios y sus aspiraciones.

Fue un hombre que defendió firmemente la legalidad como intendente, como legislador y como ministro, y desapareció en momentos en que libraba victoriosamente una dura batalla contra el crimen que asolaba, y aún preocupa, a nuestra sociedad.

Sin duda, el doctor Larrañaga ha surcado el Aqueronte, ha atravesado el Hades y ha llegado a los Campos Elíseos, que según la mitología están prometidos a los hombres excepcionales, porque Jorge Larrañaga no solo fue un gran político que ocupó gran cantidad de cargos electivos, recibiendo reiteradamente el respaldo de la ciudadanía, sino que además cultivó como hombre del Partido Nacional un fortísimo patriotismo.

Tuvimos el honor de participar en alguna oportunidad en la marcha a caballo que él denominaba el Encuentro con el Patriarca, desde Chapicuy hasta la meseta de Artigas, reverenciando así al padre de nuestra nacionalidad e inspirador de las mejores tradiciones de nuestro pueblo. Pero no solo fue un gran artiguista; también fue un gran blanco y, como tal, pudo decir, quizás con Aparicio Saravia, que la patria es el poder prestigiado por sus honradeces y la religión de sus instituciones no mancilladas.

Supo ser fiel a los principios sentados por los grandes hombres del Partido Nacional y transitó por la acción pública haciendo gala de honradez y respeto ante las instituciones republicanas que se ha dado nuestro pueblo.

Quizás él, como Carlos Roxlo, esté diciendo:

Te quiero mucho, divisa blanca

porque eres buena, porque eres franca […]

Porque en el monte de las ideas

alta y airosa te balanceas

como el penacho del giribá […].

Fue un hombre sencillo, pero a la vez como la palmera chirivá, que se alza en nuestros campos, con sus hojas que parecen como despeinadas, el doctor Larrañaga siempre mantuvo, en el éxito y en la derrota, una enorme dignidad y un gran espíritu de sacrificio. Así lo recordamos cuando en un momento de derrota electoral prometió no subir más la escalera de la vieja casona de la calle Juan Carlos Gómez. Pero cuando su partido y el país lo necesitaron, con espíritu de sacrificio y entrega, asumió las responsabilidades del momento que le obligaban a transitar el camino que había prometido no volver a recorrer, porque, en definitiva, los hombres se deben a sus compromisos patrióticos, a su partido y a las instituciones que a lo largo de la historia han sabido darse los pueblos.

El doctor Larrañaga se ha ido, pero permanece vivo su ejemplo, que sin duda continuará inspirando a los jóvenes de su partido y de todos los partidos.

Muchas gracias.

(Aplausos en la sala y en la barra).

SEÑORA PRESIDENTA.- Tiene la palabra el señor legislador Eduardo Lust.

SEÑOR LUST.- Señora presidenta: en primer lugar, saludo a los familiares del doctor Larrañaga y a las múltiples autoridades presentes en este ámbito. Este es un homenaje merecido y nos acompaña una numerosa presencia.

En pocos minutos, luego de escuchar las excelentes participaciones de los compañeros legisladores que hablaron sobre el perfil del doctor Larrañaga, quisiera hacer alguna reflexión.

Como sanducero, lo conozco desde la infancia. Nos llevábamos pocos años, tres o cuatro, pero siendo jóvenes esa es una diferencia grande que después se pierde. Yo lo recuerdo –mayor que yo– en muchas actividades sociales de Paysandú, deportivas, de clubes, estudiantiles, y siempre fue una especie de referente para nosotros. Era un joven que sobresalía en una época difícil.

Venía de una familia que se prolonga. Jorge Larrañaga padre fue un viejo caudillo del Partido Nacional de Paysandú, de la Lista 72, de la agrupación Diego Lamas, la más antigua de la república, que en aquellos años de nuestra juventud tenía sede en la calle Leandro Gómez.

Recuerdo que cuando salió intendente de Paysandú la primera vez hizo el recorrido por la avenida 18 de Julio, pero en parte lo hizo en un carro, que hoy sería –digamos– de cartoneros, lo que sorprendió. Diría que era una persona que jugaba en todas las canchas, y así podía desfilar en la caja de una camioneta con la misma comodidad que en un carro con cartoneros, que eran amigos suyos, además.

Antes de iniciar su vida política, lo recuerdo desde niño en el Hipódromo de San Félix, donde iba todos los domingos; costumbre que continuó luego en Montevideo, y era muy frecuente encontrarnos en esos ámbitos.

Luego llegó la política. En ella recorrió todo lo que pudo; diría que no le quedó nada por hacer. Hasta intentó una reforma constitucional; son pocos los que pueden decir que la intentaron. No importa si lo logró o no; ya intentarlo es una aventura.

Es una persona muy identificada con el Partido Nacional, no solamente porque es blanco, sino porque la historia de Jorge es la del Partido Nacional, la historia de los caudillos no siempre triunfantes. La historia del Partido Nacional está llena de caudillos que murieron en la batalla, y eso lo hace ser un caudillo más del Partido Nacional: morir en la batalla. Muertos, pero nunca derrotados, porque en toda la historia del Partido Nacional esos caudillos que murieron en la batalla y otros que no murieron en batalla, pero murieron dando batalla, lo que ellos lucharon, lo que ellos pregonaron y por lo que dejaron su vida, luego, se plasmó en la vida política y pública del Uruguay.

Quiero destacar, señora presidenta, otro perfil del doctor Larrañaga, que es su sentido de pertenencia a la nación, una especie que no digo que esté un poco relegada, pero creo que ningún político que yo he conocido le prestó tanta atención a ese tema. No voy a abrir un debate histórico que no corresponde, pero una de las principales plazas de Paysandú era, hasta hace unos años, la plaza Venancio Flores. Todos los que conocemos Paysandú, sin entrar en detalles, sabemos lo que implicó para Paysandú ese sitio y la figura de Venancio Flores. El intendente Larrañaga fue el primero que, en una plaza que tenía ese nombre desde 1880, intentó decir: «Acá hay una incompatibilidad histórica».

Después inauguró el Encuentro con el Patriarca –ya fue mencionado–: la ida a la meseta de Artigas. Todos íbamos cuando éramos niños. Era un pajonal, un campo abandonado, con esa estatua imponente de Artigas, esa columna con su rostro a más de cuarenta metros de altura. Jorge Larrañaga fue el que instauró el Encuentro con el Patriarca, en setiembre de cada año. Es más: en la ley de presupuesto del presidente Lacalle, en un cruce de palabras que tuvimos acá en una sala, me dice: «Este año vamos a ir juntos». Lamentablemente, no se pudo debido a la crisis sanitaria y luego por esta noticia tremenda. Hoy, el Encuentro con el Patriarca es una fiesta tradicional.

Era un hombre preocupado por ese aspecto histórico, pero también por otro, tal vez menor para mucha gente, que era el Anfiteatro del Río Uruguay, una obra arquitectónica extraordinaria y cultural. Es un anfiteatro a cielo abierto que recibe a más de veinte mil personas, que a quien lo ve de afuera le parece una colina en medio de la ciudad, porque las paredes son de césped, pero cuando uno llega a la cima de esa colina o ladera de césped se encuentra con una boca de volcán, y abajo está el anfiteatro. También fue una obra del doctor Larrañaga.

Quiero destacar su preocupación no solamente por la política, que ya la han destacado todos y ha sido su legado, sino por cosas más pequeñas, pero no tanto, en lo que tiene que ver con el sentido de identidad, primero de un pueblo, el pueblo sanducero, con su historia, sus raíces y su cultura, y luego también a un nivel nacional.

Fue un caudillo del Partido Nacional. En la larga historia del Partido Nacional se pueden enumerar algunos caudillos; muchos dirigentes importantes.

A mí la historia de Larrañaga, su vida, me recuerda –y termino, señora presidenta– a un cuento –no sé si es un cuento– que leí, de un filósofo contemporáneo de Mahoma, Zarqawi, que dice que se encuentra con una persona y le pregunta: «¿Cómo estás?». Y este le dice: «Como alguien que se va a morir». El otro le dice: «¡Pero eso no es una respuesta, porque lo único que sabemos todos es que nos vamos a morir!». Y le responde: «Sí, eso lo saben todos, pero yo siento que me voy a morir. Eso no lo sienten todos. Entonces, como siento que me voy a morir, trato de ser mejor padre, mejor amigo, mejor político, mejor en lo que hago. Y en lo que no hago no, porque escapa, pero con ese sentimiento, desde que tengo esa sensación, es lo que me mueve». Esa es la historia de Zarqawi.

Yo creo que el doctor Larrañaga –diría que toda su vida– vivió así, porque era una fuente interminable de proyectos y una fuerza descomunal y admirable para llevarlos adelante en las situaciones más adversas. Tal vez, ese temperamento, esa forma de vivir –como describía el filósofo mahometano– fue lo que lo llevó al final que lo llevó: un momento claramente de desazón y tristeza. Pero si pudiere preguntarse él mismo, es una persona que ha pasado por la cosa pública, que ha pasado por la vida pública sin que nadie le pueda señalar nada y con su conciencia tranquila de que todo lo intentó. Muchas cosas logró; lo que no logró fue lo que no dependía de él.

Así que a su memoria, a su familia, a sus hijos, a uno de sus hijos en especial que continúa esa senda que le marcó el abuelo y luego el padre, vaya mi humilde homenaje como amigo de la infancia del senador Larrañaga.

Gracias.

(Aplausos en la sala y en la barra).

SEÑORA PRESIDENTA.- Tiene la palabra el legislador Iván Posada.

SEÑOR POSADA.- Señora presidenta: nos hemos reunido en esta Asamblea General para homenajear a uno de los nuestros porque, en definitiva, Jorge Larrañaga, durante más de estos últimos veinte años, fue integrante de esta Asamblea General.

Fue uno de los nuestros, pero no uno cualquiera, sino uno de los que abrazó la actividad política con pasión, con profunda pasión, pasión que trasmitía en cada uno de sus actos, defendiendo con vehemencia las ideas, al tiempo que se expresaba en el relacionamiento personal y descubría su ternura.

Jorge tuvo, a lo largo de su vida, muchas instancias en que las circunstancias no le fueron favorables. Sin embargo, ante cada una de ellas, ante esos actos de adversidad, supo sobreponerse y enfrentarlos, y nuevamente reinventarse para dar y seguir dando la pelea.

A lo largo de estos años, muchas fueron las circunstancias en que la vida política nos llevó a coincidir y a discrepar. Pero siempre encontramos en Jorge Larrañaga a una persona dispuesta a dialogar, a encontrar caminos de entendimiento y a mostrar todo ese sentimiento republicano, que es fundamental cuando se abraza la actividad política.

En el año 2000, cuando conmemoramos los 150 años de la muerte de José Artigas, me acerqué a Jorge para plantearle la idea de reunir a la Asamblea General en la meseta de Artigas. Es la única vez que la Asamblea General se reunió fuera de este recinto.

Jorge fue el principal entusiasta; lo planteó en el Senado y esa reunión, esa sesión especial tan solemne de la Asamblea General, se hizo realidad. Allí se estableció un escenario que permitiera a todos los legisladores estar sentados y dar ese homenaje tan particular, tan sentido, a José Artigas.

Creo que Jorge era, en ese sentido, un convencido artiguista porque en cada una de sus manifestaciones públicas tenía también un recuerdo y una referencia. Más allá de su clara pertenencia al Partido Nacional, tenía una clara identificación con los ideales artiguistas.

Si hay una palabra que quizás lo defina, una palabra que ahora se usa bastante, sería resiliencia, que es, en definitiva, la capacidad de adaptación de una persona frente a un agente perturbador o un estado de situación adverso. La vida de Jorge Larrañaga tuvo muchas de estas situaciones y fue un resiliente.

Por eso, señora presidenta, desde el Partido Independiente, vamos a recordar siempre con emoción y con respeto a Jorge Larrañaga.

Queremos, pues, saludar a su familia; saludar a sus compañeros y compañeras del Partido Nacional, y a sus amigos que, indudablemente, a lo largo de esta vida fueron muchos y constituyeron, por cierto, parte sustancial de Jorge Larrañaga. Vaya para todos ellos el saludo del Partido Independiente.

Muchas gracias.

(Aplausos en la sala y en la barra).

SEÑORA PRESIDENTA.- Tiene la palabra la señora legisladora Nancy Núñez.

SEÑORA NÚÑEZ.- Señora presidenta: créanme que es un momento muy difícil para mí. Tengo los recuerdos y los sentimientos encontrados en este momento en que estamos brindando homenaje a una persona que conocí desde niña.

El padre de Jorge Larrañaga fue diputado por mi departamento de Paysandú en el año 1966. En su adolescencia, fue mi padre su compinche de largas jornadas, pintando carteles en el fondo de mi casa, recorriendo pueblos o golpeando puertas.

Yo me incorporo a esa actividad en el año 1984, comenzando a formar parte de la juventud del Club Diego Lamas, como mencionaba el diputado Lust. En aquel club, que hoy es el más antiguo del país, ya un joven abogado se destacaba por su ímpetu, por su pasión, por las ganas de hacer cosas; era el doctor Jorge Larrañaga Fraga, con quien codo a codo trabajamos por ese primer período posterior a la dictadura.

Fue entonces edil departamental y suplente a diputado, cargo que no le dieron la oportunidad de ocupar. En el año 1989 –por escaso margen–, logra llegar a sentarse en el sillón departamental con solo treinta y dos años y sin experiencia ejecutiva. Sin embargo, estábamos presenciando, sin saberlo, la asunción del más destacado intendente que tuvo el departamento de Paysandú. La ciudadanía así lo reconoció dándole la oportunidad, solo a él, de ser reelecto.

Por diez años desempeñó, según sus propias palabras, la actividad más atrapante de su carrera. Expresó: «Podremos recibir muchas distinciones, pero realmente del fondo del corazón y del alma creo no haber tenido –y seguramente no tendré– mayor satisfacción y mayor honor que ser el intendente municipal, nada menos que del departamento de Paysandú».

Veinte años después, por esa lógica circular que tiene la vida, me reencontré con él en la campaña por la seguridad Vivir sin Miedo. En esa patriada, que lideró prácticamente solo, solo aun dentro de su propio partido, me dio la responsabilidad de coordinarla dentro de Paysandú.

Esa campaña lo instaló nuevamente en la palestra política. Venía muy desgastado, cascoteado, pero no derrotado; nunca derrotado. Y empezó a crecer su imagen; accedió nuevamente a un cargo ejecutivo y pudo mostrar de lo que era capaz.

Con un concepto muy fuerte del deber, aceptó el Ministerio del Interior porque él había sido muy crítico del Gobierno anterior en ese tema, y era su responsabilidad aportar al cambio. Siempre creyó en los proyectos plurales más que en los individuales. Sin embargo, mucho tiempo debió trabajar en solitario.

Ríos de tinta podrían escribirse sobre la personalidad avasallante y tan particular de Larrañaga, con sus luces y sus sombras, como todo ser humano, pero en ningún caso pasaba desapercibido. Seguramente, cada uno de los que lo conocimos en el mano a mano, más allá de la trayectoria política, tenemos un sinnúmero de anécdotas vividas que definen su personalidad, pero sería muy pequeño detenernos solo en las vivencias personales, cuando la proyección de su figura ha ido, felizmente, mucho más allá del círculo de quienes hemos tenido la posibilidad de caminar junto a él.

La conmoción que causó la imprevista desaparición física de Jorge no se explica solo como una reacción lógica del sistema político y la ciudadanía ante un hecho que involucra a un dirigente político de primera línea en las últimas décadas, sino que implica el reconocimiento, por encima de posiciones partidarias e ideológicas, de que estamos ante uno de los últimos caudillos de los de antes, de aquellos que despertaban por igual pasiones a favor y en contra, casi sin posturas intermedias, sin indiferencias, pero asumiendo siempre una impronta que no pasaba desapercibida. Se trata de uno de los pocos dirigentes del interior con proyección nacional, que nunca renegó de su origen y su consecuente lucha en la defensa de los intereses del interior. Lo que nunca podrá ponerse en cuestión es el inmenso amor por su Paysandú natal y el hecho de que sus acciones hayan estado en consecuencia con ese sentimiento, luchando a brazo partido por su solar y por el interior, en cada instancia, sin resignarse a aceptar un no como última palabra del poder central hacia lo que entendía un legítimo derecho para el bienestar de los ciudadanos del norte del Santa Lucía.

Así logró, a lo largo de los años, una serie de conquistas para Paysandú, muchas de ellas en funciones como intendente durante dos períodos. Ya han mencionado acá el Encuentro con el Patriarca y la cabalgata Paysandú-meseta de Artigas, que se realiza anualmente en setiembre. Al año siguiente, en el año 1997, construyó la Casa del Patriarca en la meseta de Artigas, un tributo al prócer, totalmente edificada con piedras de la zona. En ese lugar será recordado por siempre; allí el año pasado pudimos colocar una placa en su nombre.

En 1997, con otros veinte jinetes representantes de agrupaciones criollas, realizó la cabalgata Paysandú-Asunción del Paraguay, Un Camino a la Libertad, de profundo contenido histórico, además de reafirmar el espíritu criollo.

La llegada a Asunción del Paraguay fue apoteósica, con miles de personas en las calles, saludando a los sanduceros que culminaban el objetivo: llegar a la escuela República Oriental del Uruguay y gritar a viva voz: «¡Presente, mi general!».

En 1997 inauguró también el anfiteatro del río Uruguay, construido cien por ciento con técnicos y obreros de la Intendencia de Paysandú. La vista espectacular y siempre cambiante del río es el telón de fondo de los espectáculos, y el mejor de los atardeceres del litoral.

Se trata de una obra única en América del Sur, por sus características arquitectónicas, que le proporcionan una perfecta acústica, con una excelente visibilidad desde cualquier sector.

En diez años se construyeron 150 viviendas con recursos municipales; se invirtió USD 1:000.000 en el vertedero municipal; se triplicó el alumbrado público, ubicando a Paysandú como el segundo departamento del país con mayor extensión de alumbrado público; se procedió al mantenimiento periódico del 90 % de los 3.000 kilómetros de caminería rural; mediante una planta asfáltica propia, se pudo construir una segunda pista en el aeropuerto de Paysandú. Y así podríamos seguir enumerando obras que hoy, veinte años después, comprobamos que fueron las últimas que se hicieron en muchos rincones del departamento y que fueron revulsivas para lo que había entonces en Paysandú, significando un cambio sustancial en la realidad del departamento.

Llegó el momento de mirar más allá de su suelo natal y el Parlamento lo recibió como senador de la república, pero no hubo inquietud de Paysandú y del interior que le fuera ajena, sino que hizo suyas las reivindicaciones de fuerzas vivas y de ciudadanos en gestiones, acompañando a delegaciones a plantear el reclamo ante los respectivos ámbitos de decisión, jugándose por los ciudadanos cualquiera fuera su color político.

Encontró la muerte a poco más de un año de haber aceptado ejercer un cargo tan difícil como desafiante en su carrera política, como es la titularidad del Ministerio del Interior, cartera complicada si las hay, donde había mucho más para perder que para ganar.

Larrañaga fue, una vez más, consecuente con lo que pregonaba: sin medir costos políticos ni anteponer intereses personales, su partido se lo reclamaba y se puso al servicio del país; lo hizo sin perder de vista el respeto a la institucionalidad democrática, al ciudadano indefenso que sufre en el día a día los embates de la delincuencia.

Jorge Larrañaga se dedicó a cumplir la función de ministro con el mismo entusiasmo y dedicación con que ejerció el cargo de intendente, haciéndolo las 24 horas del día los 365 días del año, al pie del cañón, sin medir las consecuencias sobre su persona y sin tener en cuenta el hecho de que ya habían pasado treinta años, tanto en el tiempo como en su físico, desde que había ejercido funciones como primer ciudadano del departamento.

Tuvo éxitos en su difícil tarea en tan corto período; por eso, el reconocimiento que le tributó el personal policial con sirena abierta en sus unidades móviles tras su muerte.

Llevó adelante acciones concretas en su querido interior, donde reabrió comisarías y destacamentos policiales en vastas zonas rurales que habían quedado sin cobertura.

Una señal inequívoca del respeto de propios y ajenos ante el infortunio de su temprana muerte lo da el amplio reconocimiento de sus adversarios políticos hacia su figura. El país ha perdido a un gran ciudadano, un wilsonista por definición y acción, un defensor de las banderas del interior olvidado y un republicano como pocos.

Hoy, soy una de las personas responsables de recordarlo en esta casa de la democracia, casa que lo vio madurar como político. Siento sobre mis hombros el peso de ser la representante de su querido Paysandú, pero sin el faro y sin su respaldo. Y sin el faro, el camino a seguir se hace muy difícil, pero no les quepa la menor duda de que desde su pueblo, mi pueblo, multiplicaré mis fuerzas para honrar su nombre, sin falsas especulaciones electoreras, como seguramente aparecerán; es lo menos que podemos hacer por un hombre que escribió una de las más heroicas páginas de nuestra historia reciente. Y parafraseando lo que él mismo dijo en alguna entrevista: yo voy a elegir la trinchera desde donde luchar para que sus ideas y la esperanza que depositaron los sanduceros sobre su hijo dilecto sigan vivas.

En el año 2000, cuando asumió como senador de la república, dijo: «Es por eso que seguiré recorriendo los caminos de mi patria, para poder escuchar en cada persona los problemas de los paisanos de todos los pagos». Y estoy segura de que por allí anda.

(Aplausos en la sala y en la barra).

SEÑORA PRESIDENTA.- Tiene la palabra el señor legislador Pedro Jisdonian.

SEÑOR JISDONIAN.- Muchas gracias, señora presidenta.

Solicito que la versión taquigráfica de las palabras vertidas en este homenaje sea enviada a su familia, al honorable Directorio del Partido Nacional, a la Presidencia de la República, al Ministerio del Interior, al Congreso Nacional de Intendentes, a la Intendencia Departamental de Paysandú, a la Junta Departamental de Paysandú, así como a las restantes dieciocho intendencias y juntas departamentales de la república.

Muchas gracias.

SEÑORA PRESIDENTA.- Se va a votar el trámite solicitado.

(Se vota).

–79 en 79. Afirmativa. UNANIMIDAD.

4) LEVANTAMIENTO DE LA SESIÓN

SEÑORA PRESIDENTA.- Se levanta la sesión.

(Así se hace. Son las 15:50).

BEATRIZ ARGIMÓN Presidenta

Gustavo Sánchez Piñeiro Secretario

Fernando Ripoll Secretario

Helena Lanza Supervisora general del Cuerpo Técnico de Taquigrafía de la Cámara de Representantes

Control División Diario de Sesiones del Senado

Diseño División Imprenta del Senado

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Montevideo, Uruguay. Poder Legislativo.