Poder Legislativo / República Oriental del Uruguay

Alejandro SÁNCHEZ

15 de febrero de 2015


En primer lugar, quiero agradecer a todos las palabras que aquí han dicho. Seguramente, merezco la mitad de los elogios que me han hecho en el día de hoy, pero se los agradezco de verdad. Quiero agradecer a la bancada del Partido Nacional por sus palabras, a la bancada del Partido Colorado, a la bancada del Partido Independiente, a la bancada de Unidad Popular y, por sobre todo y particularmente, a mi querida bancada del Frente Amplio.

Pretendimos que esta sesión fuera relativamente breve, no porque no fuera importante sino porque hoy también asumen los señores Senadores y, posteriormente, dará comienzo la Legislatura con la sesión oficial de la Asamblea General. Además, como decía mi abuela, es poquito pero bendito, y es bueno que las cosas importantes se hagan sin mucho ruido y con sinceridad.

Quiero agradecer a las autoridades nacionales presentes, al Cuerpo Diplomático, a todos los compañeros, a mi familia que siempre me ha aguantado y ha confiado en mí, a mis hijas porque me devuelven al mundo de la fantasía, de los sueños y de los juegos tan necesarios para construir un futuro mucho mejor para todos.

Asimismo quería que estuviera presente, deseo agradecer al querido compañero Doreen Ibarra sus consejos, su compañía, su trabajo, por enseñarnos a discrepar y a construir. Y en él agradecer a una enorme cantidad de legisladores del Frente Amplio que hoy no están pero que han dejado todo su esfuerzo por concretar y avanzar hacia un país mucho más inclusivo y solidario. Por eso quiero resaltar la figura de un hombre que ha estado aquí durante mucho tiempo y que ha dejado mucho de su vida por construir y seguir construyendo más Frente Amplio, pero por sobre todas las cosas, un Uruguay más inclusivo. ¡Gracias, Doreen!

Saludo, en nombre de la compañera Ana Olivera, Intendenta de Montevideo, y del compañero Mariano Arana, a todos los montevideanos. Me siento hijo de esta ciudad, amo mucho a mi ciudad y a su gente y en su nombre quería tenderles un gran abrazo a los montevideanos que están aquí.

Quiero agradecer a los compañeros de la 609, del Movimiento de Participación Popular, del Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros, porque es gracias a ellos…

(Aplausos en la barra)

——…porque me han acompañado siempre en varias luchas y me han tendido la mano cuando la necesité, porque venimos peleando hace mucho tiempo por construir un país mejor, y porque tengo claro que estoy acá gracias al esfuerzo y la militancia de muchos compañeros frenteamplistas que aunque nunca se suben a un escenario o nunca salen en la foto, son quienes hacen la historia y llevaron al Frente Amplio a un tercer Gobierno.

Compañeros: muchas gracias por su esfuerzo, militancia y compromiso de seguir construyendo un país más justo.

Ser Representante Nacional es un gran honor, pero también una gigantesca responsabilidad política, no solo para con nosotros mismos, sino para con nuestro pueblo. Este es un ámbito plural, donde coexisten visiones diferentes y, en algún caso, antagónicas. Hay una bancada oficialista y bancadas de oposición. Por eso es de esperar que no siempre estemos de acuerdo.

No venimos a esta Cámara para pelearnos con otros, sino para construir con otros las herramientas y las soluciones necesarias para los problemas del país. Por tal razón, considero mucho más provechoso y saludable para nuestra sociedad que los aquí presentes busquemos acuerdos incansablemente. Muchos de los desafíos que tenemos como país requieren de estos acuerdos pero basados en dos condiciones: ser amplios y duraderos en el tiempo. Tanto en el acuerdo como en el disenso, necesitamos que el debate sea sincero, comprometido y respetuoso. No se trata solo de oír al otro, sino de escucharlo para entender y comprender sus opiniones, no porque busquemos ser todos iguales, porque no lo somos. La búsqueda de acuerdos y soluciones a los problemas de nuestro país es una responsabilidad de todos los partidos políticos representados en esta Cámara, que tenemos el deber de aportar al principal objetivo nacional: que Uruguay siga por el camino del desarrollo inclusivo y para todos.

Representamos cosas diferentes, con intereses e ideologías diferentes, que producen formas de pensar y de actuar también distintas. Pero si estamos acá es porque esas diversas sensibilidades también están presentes en nuestro pueblo. Hay quienes valoran más la competencia que la cooperación, la libertad individual que la igualdad. Estas diferencias no hay que ocultarlas, todo lo contrario, hay que ponerlas sobre la mesa, para discutirlas y exponer nuestras razones. El debate político es eso: disputar las ideas y los valores en el corazón y en la cabeza de nuestro pueblo. Sé que decirlo es muy fácil, lo difícil es hacerlo, pero para ello, para construir acuerdos y para discrepar, reiteramos, se requiere sinceridad, honestidad y confianza.

Es necesaria la sinceridad para decir lo que pensamos y defenderlo con sólidos y profundos argumentos; honestidad, para asumir cuando nos equivocamos y retractarnos, si es necesario, pero también y más importante, para reconocer los aciertos de los otros; sinceridad, ante nuestro pueblo para sostener nuestras ideas aunque no gusten y molesten. Necesitamos honestidad en el debate para que la oposición no pida lo imposible ni para que el oficialismo prometa lo que no puede; no para caer en el absurdo del posibilismo, porque estamos convencidos de que el arte de la política es hacer posible lo justo y necesario. Y también confianza, para poder acordar con los otros y generar espacios de diálogos transparentes. Nada de esto se hace por decreto, sino que es una paciente construcción de puentes, pero vale la pena intentarlo. Y con eso nos comprometemos.

Por eso, los aquí presentes y nuestros partidos debemos asumir un compromiso de carácter ético, asumir que lo que decimos forma parte indisoluble de lo que hacemos. Si no somos capaces de tener esta actitud frente a la vida, difícilmente realizaremos un aporte sustantivo a la construcción de un país mejor.

Sé que este es un Parlamento y aquí se viene a parlamentar. Esta no es una competencia de oratoria bonita, porque la sociedad no mide ni evalúa lo que hacemos por la cantidad de palabras lindas que utilicemos en nuestros discursos, sino que tras el debate nos exige que edifiquemos soluciones.

Por eso, estamos convencidos de que la virtud más grande que deberíamos tener los Diputados son grandes orejas para escuchar. Escuchar muy bien qué es lo que reclama nuestra gente y cuáles son los problemas y desvelos de los uruguayos y uruguayas.

Aprovecho este momento para saludar a un amigo, gran compañero, llamado a asumir grandes responsabilidades: el electo Vicepresidente de la República, compañero Raúl Sendic.

(Aplausos en la barra)

——Además, saludo al Vicepresidente actual de la República, compañero Danilo Astori, a la querida Lucía, a Bonomi.

Decía que queremos escuchar bien los problemas de nuestra gente, los desvelos de los uruguayos no para transformarnos en "deliveries" de la política, trasladando mecánicamente los reclamos que realiza la opinión pública, sino para comprender muy bien qué es lo que la gente reclama y edificar soluciones eficientes y eficaces a esos problemas. No se trata de hacer lo que la opinión pública reclama en sus términos instrumentales. Si fuera ese el caso, no serían necesarios los parlamentarios, pues bastaría una buena encuesta de opinión pública para saber lo que dicen los ciudadanos.

La tarea de la política no es contar y repetir lo que la gente dice, sino entender los reclamos de la gente, contextualizar los problemas y construir; animarse a construir soluciones nuevas. Para esto debemos asumir con valentía que ser Diputados no nos proporciona la capacidad de tener todas las respuestas, mucho menos las mejores. Debemos asumir que afuera de este hemiciclo hay muchos compatriotas, que sienten, pueden y quieren aportar soluciones a los problemas del país. Necesitamos que el Parlamento tienda puentes con la cultura, la academia, las organizaciones estudiantiles y sociales, con las organizaciones empresariales y sindicales que tienen mucho para aportar en la construcción de un país y del desarrollo sustentable e inclusivo que tanto necesita Uruguay. Esta Casa debe abrir sus puertas de par en par, para que por ella pasen los grandes temas nacionales convocando a todos los que quieran opinar, proponer y comprometerse con las soluciones a esos problemas. Porque pese a los enormes avances alcanzados en la última década, aún quedan muchos compatriotas pasándola mal, con carencias y en medio de la pobreza. Ese tendrá que ser el centro de nuestras preocupaciones y desvelos. Habrá que trabajar mucho y muy bien para cumplir con las necesidades de nuestra gente.

Hoy se inaugura una nueva Legislatura, asumen nuevos Diputados; hoy festejamos que esta Cámara se conforma por un grupo humano muy diverso, con presencia de jóvenes y de mujeres seguramente, precisemos de muchas más; van a ir llegando, de trabajadores de diversas ramas, de amas de casa, de profesionales, de docentes, entre otros. Pero cada 15 de febrero lo decían ustedes se festeja, por sobre todo, el triunfo de la democracia. Este año, en particular, celebramos treinta años de la restauración democrática.

El 15 de febrero del año 1985, el Poder Legislativo retomó sus actividades, dejando atrás la noche oscura que enlutó a nuestra sociedad cuando unos pocos pensaron que podían decidir por el resto e imponer, a sangre y fuego, su proyecto económico y social. Aún las cicatrices de aquella ferocidad no se han cerrado, porque todavía nos falta mucho para alcanzar la verdad y la justicia. Sí; verdad y justicia es lo que seguimos reclamando.

(Aplausos en la Sala y en la barra)

——¡Y con esa causa nos tenemos que comprometer todos!

Hace 30 años comenzaba, nuevamente, a florecer en el Uruguay la libertad y la democracia; el gobierno del pueblo. A nuestro juicio, treinta años es tiempo suficiente para que perdamos el miedo a interrogarnos cómo es y, por sobre todo, cómo queremos que sea nuestra democracia.

A la generación de mis padres le tocó la difícil tarea de luchar contra la tiranía y el despotismo, de restablecer la democracia; en definitiva, de defender el gobierno del pueblo. A esta generación le corresponde tener memoria colectiva de esa historia por supuesto pero, sobre todo, construir más y mejor democracia en el futuro. Porque la democracia no puede ser solo una linda palabra o el lugar común para decir lo que es bueno y deseable, sin necesidad de explicarnos mucho. Ser críticos con y, sobre todo, en la democracia, implica analizar y, fundamentalmente, resolver sus carencias y déficit. Para ello el mejor instrumento que nos proporciona es ejercer la libertad y la justicia. Libertad para discutir lo que nos molesta y que muchas veces algunos prefieren ocultar; libertad para interrogarnos si lo que discutimos es lo que necesitamos resolver o lo que otros nos han impuesto como prioridades. Justicia para dar voz a los que no tienen poder; justicia para desterrar la desigualdad y la pobreza de nuestra sociedad. La democracia para nosotros excede ampliamente un método para elegir a quienes nos gobiernan. Si lo que pretendemos es fortalecerla, debemos comenzar por asumir que debe ser también una forma de organizar, edificar y expandir la justicia, la libertad y el progreso a todos, sin exclusiones.

Desde esta perspectiva, el sujeto, más que un votante, es un ciudadano con derecho a participar y decidir. En ese proceso, debemos asumir que no hay derechos humanos "fundamentales" y "no fundamentales" o de los otros. No hay derechos de primera ni de segunda; hay derechos, y punto. Y la democracia tiene que asegurar que podamos ejercer todos, no importa dónde hayamos nacido, en qué lugar del territorio. Cada uno de nosotros es portador de esos derechos, y tenemos que asegurar que se puedan cumplir en todo el territorio nacional. El derecho a la vivienda, a la salud, a una educación de calidad, al esparcimiento y al disfrute cultural son tan importantes como el derecho a la vida. El derecho a decidir sobre la utilización de nuestros recursos naturales, sobre la producción y el reparto de la riqueza, son tan importantes como el derecho a la libertad de asociación y a la libertad de pensamiento. La pobreza y la desigualdad no son problemas sociales; son también déficit democráticos.

¿Estamos dispuestos a admitir que la democracia conviva eternamente con la desigualdad y la pobreza? ¿Cuán fuerte y robusta puede ser nuestra democracia si abandona a su suerte a miles y los condena a ser pobres? ¿Acaso no es más fuerte y más justa nuestra democracia cuando las mujeres pueden decidir sobre su cuerpo, cuando los trabajadores pueden discutir sus salarios y sus condiciones de vida en los Consejos de Salarios? ¡Claro que sí! Y esa matriz de derechos hay que profundizarla. Quien puede resolver sobre esos dilemas y conflictos es la Política, con mayúscula, no la politiquería. Porque si la política omite los problemas centrales de nuestro tiempo, se vacía de contenido y de sustancia.

Recordemos que no hace mucho se alzaron voces que sostenían que la política había muerto. Afirmaban que para lograr el desarrollo no se necesitaba de la política, porque el mercado y su mano invisible, junto con el saber tecnocrático, se encargarían eficientemente de asignar los recursos y propiciar el desarrollo. Pero entendimos a los golpes que la técnica no dice para quién; en el mejor de los casos, solo nos dice el cómo y que el mercado dista mucho de ser un espacio democrático porque impone sus reglas y en este gobiernan los más fuertes. Es un "sálvese quien pueda" y como pueda, en el que la mayoría de las veces los débiles quedan fuera del reparto. Los descuidos de la política permitieron que pasáramos a toda velocidad, y casi sin darnos cuenta, de una sociedad con mercado a sociedades de mercado.

En ese modelo no hay lugar para todos. Porque todo está hecho y pensado para ser comprado y vendido. De esta manera, sacrificamos la promesa de igualdad por el confort en cuotas para el que lo pueda pagar. El tamaño de la billetera no puede determinar la calidad y el acceso a los servicios. Los bienes públicos como la salud, la educación, la cultura, no pueden ser mercancías, sino que deben ser derechos de todos y para todos, sin importar cuál es nuestro nivel socioeconómico.

Al finalizar, permítanme una nota personal.

Soy hijo de un padre zapatero, albañil y feriante; de una madre empleada textil y doméstica. Es a ellos a quienes les debo todo lo que soy. Aprendí con ellos y de su ejemplo que en la vida hay que ser derecho; aprendí que vale mucho más ser honrado que todo el dinero que se pueda acumular en una cuenta bancaria; aprendí que la solidaridad no es dar lo que me sobra, sino compartir lo poco o mucho que se tiene con los demás. Por eso también aprendí a sentirme hermano de un puñado de hombres y mujeres, luchadores sociales, comprometidos con la suerte de los humildes, de los que sufren, que desde el fondo de la historia vienen bregando por construir una sociedad más justa.

Me tocó crecer en el barrio Municipal atrás de la Gruta de Lourdes, un barrio montevideano signado por el estigma de la pobreza, catalogado zona roja, cargado de problemas y carencias, pero habitado por hombres y mujeres portadores de mil oficios y saberes. Padres, hermanos, abuelas, madres hacen mil sacrificios para parar la olla y brindar cariño y oportunidades a sus hijos.

Nací en un barrio que se fue armando de a poco y de manera desordenada, donde cada uno fue levantando su casa como pudo o como se lo permitió su bolsillo. Quizá, por eso le tengo tanto afecto, porque nunca fue perfecto.

Busqué organizarme políticamente para cambiar la realidad de mi barrio, no para ser Diputado. Mi presencia en este espacio es fruto de la militancia de mis compañeros y compañeras que me dieron la enorme responsabilidad de representarlos, ocupando una banca. Y ahora ustedes me dan el honor y el orgullo de asumir la Presidencia de la Cámara.

Los Diputados no deberíamos olvidar nunca que estamos acá para cumplir con nuestro trabajo y que el objetivo de nuestro trabajo es cambiar la realidad de nuestro pueblo.

Compañeros: hemos logrado mucho, pero aún tenemos el mundo entero por cambiar. Porque como muy bien dijo "el Bebe" Sendic: "Al fin como al principio todo es plan y fantasía". Habrá patria para todos y con todos.

(Aplausos en la Sala y en la barra)

Línea del pie de página
Montevideo, Uruguay. Poder Legislativo.