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Nº 12 - TOMO 425 - 5 DE ABRIL DE 2005

REPUBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY

DIARIO DE SESIONES

DE LA

CAMARA DE SENADORES

PRIMER PERIODO ORDINARIO DE LA XLVI LEGISLATURA

11ª SESION EXTRAORDINARIA

PRESIDEN EL SEÑOR RODOLFO NIN NOVOA Presidente

Y EL SEÑOR SENADOR JUAN JUSTO AMARO Tercer Vicepresidente

ACTUAN EN SECRETARIA LOS TITULARES, ARQUITECTO HUGO RODRIGUEZ FILIPPINI,

EL SEÑOR SANTIAGO GONZALEZ BARBONI Y EL SEÑOR PROSECRETARIO ERNESTO LORENZO

S U M A R I O

1) Texto de la citación

2) Asistencia

3) Su Santidad Juan Pablo II. Homenaje a su memoria

- Manifestaciones del señor Senador Larrañaga.

- Intervención de varios señores Senadores.

- Por moción de varios señores Senadores el Senado resuelve ponerse de pie y guardar un minuto de silencio en homenaje a la personalidad desaparecida y enviar la versión taquigráfica de lo expresado en Sala a la Nunciatura Apostólica, a la Conferencia Episcopal Uruguaya y al señor Obispo de Florida.

4) Se levanta la sesión

1) TEXTO DE LA CITACION

"Montevideo, 4 de abril de 2005.

La CAMARA DE SENADORES se reunirá en sesión extraordinaria, a solicitud de varios señores Senadores, mañana martes 5 de abril, a la hora 18, "con motivo del fallecimiento del Papa Juan Pablo II".

Santiago González Barboni Secretario - Hugo Rodríguez Filippini Secretario."

2) ASISTENCIA

ASISTEN: los señores Senadores Abreu, Alfie, Amaro, Andújar, Antía, Baráibar, Cid, Couriel, Chiruchi, Da Rosa, Dalmás, Gallinal, Korzeniak, Lara, Larrañaga, Long, Lorier, Michelini, Moreira, Penadés, Ríos, Rubio, Sanguinetti, Saravia, Vaillant y Yafallian.

FALTAN: con licencia, los señores Senadores Heber, Nicolini y Xavier; con aviso, el señor Senador Fernández Huidobro; y, sin aviso, los señores Senadores Breccia, Percovich y Topolansky.

3) SU SANTIDAD JUAN PABLO II. HOMENAJE A SU MEMORIA

SEÑOR PRESIDENTE.- Habiendo número, está abierta la sesión.

(Es la hora 18 y 13 minutos)

- El Senado se reúne en forma extraordinaria, a solicitud de varios señores Senadores, con motivo del fallecimiento del Papa Juan Pablo II.

SEÑOR LARRAÑAGA.- Pido la palabra.

SEÑOR PRESIDENTE.- Tiene la palabra el señor Senador.

SEÑOR LARRAÑAGA.- Señor Presidente: en nombre del Partido Nacional, los Senadores de nuestra colectividad política hemos solicitado la celebración de esta sesión extraordinaria para que el Cuerpo pueda rendir su homenaje ante la desaparición física del Papa Juan Pablo II, en atención a su figura histórica, universal y a su doble condición de Jefe de Estado y de Sumo Pontífice de la Iglesia Católica Apostólica Romana.

Nuestro Partido ha emitido una declaración pública por la que reconoce el aporte realizado por Juan Pablo II en lo que tiene que ver con la defensa de los derechos humanos sin distinción de ideología, raza o credo, en especial el derecho a la vida incorporado, a nivel regional, en el Pacto de San José de Costa Rica, ratificado por nuestro país. También coincidimos con su prédica a favor de la paz mundial y de la solución pacífica de las controversias. Quizás, como ejemplo vale citar la exitosa mediación que, en su momento, asumiera en el conflicto entre Chile y Argentina, por el Canal de Beagle.

El Partido Nacional también ha declarado su identificación con la expresión humana de Juan Pablo II, caracterizada en su accionar de Papa peregrino, en su visita a todos los continentes y, en especial, a los Estados cuyos pueblos sufren con mayor intensidad el flagelo de la pobreza, la marginalidad, el hambre y la crisis de valores morales y familiares que trascienden las definiciones religiosas.

Los más de 60.000 fieles reunidos en la plaza de San Pedro, en Roma, fueron los primeros en intuir la noticia sobre la muerte del Papa Juan Pablo II. En definitiva, a los 84 años de edad culminaba la vida física de un hombre que hizo una notable contribución a la humanidad.

En 1978 muere Pablo VI y es elegido como nuevo Papa el Cardenal Albino Luciani, de 65 años, quien tomó el nombre de Juan Pablo I. El Papa de la sonrisa, como se le conoció, murió 33 días después. El 16 de octubre de 1978, el Cardenal polaco Karol Wojtyla es elegido para dirigir la Iglesia Católica y toma el nombre de Juan Pablo II. Era la primera vez en 400 años que el Papa no era italiano, pero no fue esa la única singularidad. El nuevo Papa también era una persona de perfiles hasta entonces poco habituales en los Papas romanos: obrero, actor, dramaturgo, poeta y hombre con experiencias personales por haber ejercido su Ministerio bajo las condiciones más adversas y los regímenes políticos más autoritarios.

Juan Pablo II visitó dos veces el Uruguay. En 1987, permanece durante 20 horas en el país, cuando iniciaba el tramo definitivo de su mediación en el duro conflicto que enfrentaba a la Argentina y a Chile por la soberanía del Canal de Beagle. En ese entonces, el Pontífice no tenía previsto visitar el Uruguay, pero mediaron las iniciativas del entonces Presidente de la República, doctor Julio María Sanguinetti y del Ministro de Relaciones Exteriores Enrique Iglesias, quienes lograron que el primer encuentro entre los Cancilleres de los países en conflicto se llevara a cabo en Montevideo, un suelo amigo. Fue así que a las 17 horas del 31 de marzo de 1987, se produjo la primera visita de un Papa al Uruguay. Al otro día, ofició una misa campal en Tres Cruces donde, precisamente, la cruz recuerda aquel acontecimiento verdaderamente extraordinario para la vida de los uruguayos. En 1988, sí estaba previsto que Juan Pablo II visitara nuestro país, oportunidad en la que permaneció durante varios días recorriendo las ciudades de Montevideo, Melo y Salto.

Juan Pablo II tuvo enormes características que resaltaron su personalidad y que hoy queremos destacar en esta sesión extraordinaria del Senado de la República. Tuvo el coraje, señor Presidente, de pedir perdón, de abrir un surco. En vísperas del tercer milenio, decidió pedir perdón por los pecados cometidos por la grey católica; en ese momento, muchos fieles sintieron un sacudón impresionante frente a esta actitud del Papa. Juan Pablo II, quien pidió perdón por los daños que cometió la Inquisición y por el antisemitismo, ya que no sólo ardía en su pecho la atrocidad del Holocausto, que conocía de cerca, sino también la necesidad de restañar las heridas que millones de católicos habían, de alguna manera, generado a los judíos durante 1700 años. Fue el primer Papa que visitó la sinagoga de Roma y allí lanzó la frase: "Los judíos son nuestros hermanos mayores en la fe". Dio el paso que no pudo concretar Juan XXIII: reconocer el Estado de Israel y establecer relaciones diplomáticas.

No es fácil pedir perdón, señor Presidente, y ese gesto en apariencia simple exige una condición fundamental y realmente extraordinaria en todo ser humano, que es la humildad de señalar como malo lo que se supo y se reconoció como bueno durante muchos años. Realmente, esta era una de las condiciones que adornaban a Juan Pablo II y se convirtió en un modelo para muchos otros gestos que se dieron posteriormente y que enaltecieron la figura del Sumo Pontífice.

El Papa planteaba el "no a la guerra" como postura permanente. Por encima de credos, religiones e ideologías, Juan Pablo II encarnó más y mejor que nadie la lucha por la paz. Pontífice, etimológicamente significa "el que tiende puentes" y ¡vaya si estas tareas fueron llevadas adelante por quien ejerció dicho Magisterio con tan alta significación! Fue el primer Papa de la historia en entrar a una Mezquita -la de Damasco- y defendió infatigablemente la paz, lo que reforzó más que nunca su autoridad moral, convirtiéndolo en un indiscutible jefe espiritual. Es que el Papa Karol Wojtyla vivió en su propia carne los horrores de la guerra. El decía "yo sobreviví a la Segunda Guerra Mundial y por ello debo decir: nunca más a la guerra". Proclamaba esto, justo antes de iniciarse la guerra de Irak. Por convencimiento, por experiencia, Juan Pablo II fue el Papa de la paz. Se me recordaba, por parte de algunos colaboradores, que tenía un discurso contrario a la Guerra de Irak y así se lo expresó al Cuerpo Diplomático, el 13 de enero de 2003. Decía: "Me impresiona personalmente el sentimiento de miedo que atenaza frecuentemente el corazón de nuestros contemporáneos, el terrorismo pertinaz que puede atacar en cualquier momento o lugar, el problema no resuelto de Medio Oriente con Tierra Santa e Irak. Todas estas son calamidades que amenazan la supervivencia de la humanidad, la serenidad de las personas y la seguridad de la sociedad, pero todo puede cambiar; depende de cada uno de nosotros, depende de que tengamos el coraje para asumir y enfrentar estas situaciones. Por estos motivos hay decisiones que son necesarias para que el hombre tenga aún un futuro y los pueblos de la tierra, así como sus autoridades, han de tener, a veces, valor para decir no, no a la muerte".

Si la vida es realmente un tesoro, hay que saber conservarla y hacerla fructificar sin desnaturalizarla. Él decía no a la guerra y agregaba que esta nunca es una simple fatalidad; es siempre una derrota de la humanidad. El Derecho Internacional, el diálogo leal, la solidaridad entre los Estados y el ejercicio tan noble de la diplomacia son los medios dignos del hombre y de las Naciones para solucionar sus contiendas. El Papa se opuso a todas las guerras; desde Las Malvinas hasta el derrocamiento del régimen de Saddam Hussein, Juan Pablo II jugó un papel indispensable en las relaciones internacionales.

Creemos que esta significación hace que ello sea una enorme contribución a la historia de la humanidad. Era el Papa peregrino. Incluso, el propio hombre que intentó matarlo en l981, el terrorista turco Mehmet Alí Agca, pidió permiso para dejar la cárcel de máxima seguridad de Kartal, cerca de Estambul, para poder participar de los funerales y dijo "Perdí a mi hermano espiritual. Cuando disparé dos veces seguidas exclamé ¡Dios! y algo me paralizó después. Fue como si hubiera regresado a mí mismo y entonces escuché el ruido del pánico de la gente en la plaza. Para mí, lo más importante fue el abrazo que el Papa dio a mi madre en una de las tres audiencias que tuvo con ella en el Vaticano. Admiro al Papa, porque es el último baluarte, la última fortaleza moral para la defensa de este Occidente que va camino de convertirse en un desierto".

(Ocupa la Presidencia el señor Senador Amaro)

- Me había comprometido a no hacer una exposición extensa para permitir que otros compañeros de este Cuerpo puedan hacer uso de la palabra, pero quiero aportar la opinión de algunas personalidades que hacen referencia al Santo Padre, que creo conveniente resaltar en esta sesión.

Kofi Annan, Secretario General de la ONU, dijo: "Juan Pablo II ha sido un símbolo de paz en una era de conflictos; sus enseñanzas tienen eco en personas de todos los continentes y de todos los credos".

El ex Presidente polaco, Lech Walesa, agregó: "Sacó de forma pacífica a Polonia y a otros países de uno de los sistemas políticos más sangrientos que jamás haya existido".

Por su parte, Mijail Gorbachov, ex Presidente de la Unión Soviética, expresó: "Hoy podemos decir que todo lo que ha ocurrido en Europa Oriental no hubiera sucedido sin la presencia de este Papa".

Shuzaku Endo, Premio Nobel de Literatura, novelista japonés, agregaba: "La personalidad de este hombre de Dios, unida a su bondad y a su sonrisa, ha conquistado incluso a los no creyentes. He oído a un joven japonés no creyente susurrar acerca de él ´¡Qué gran hombre!´. Lo que sucede es que Juan Pablo II fue, además, el Papa de los jóvenes. Basta recordar que cada dos años impulsaba el Encuentro Mundial de la Juventud, donde se juntaban entre 500.000 y 1:000.000 de jóvenes de todo el mundo. Cuando se estaba muriendo, le dijeron que había miles de jóvenes en la plaza de San Pedro y él respondió: "Yo los fui a buscar; ahora son ellos los que vienen a apoyarme".

Señor Presidente, señores Senadores: creemos que estamos ante una instancia muy importante en la vida del mundo, en la historia de la humanidad.

Seguramente, la personalidad del Sumo Pontífice quedará incorporada a la mejor historia del planeta y, sin duda, su ejemplo será la luz que permitirá iluminar el camino de la humanidad en los próximos tiempos. Más que una frase, la oración final que pronunciara antes de morir a su secretario fue: "Yo soy feliz; espero que ustedes también". Esta frase es algo fuera de lo común; demuestra la entrega y grandeza de este hombre y su ejemplo para la humanidad. Por ello este Senado, a nuestro juicio, debía llevar adelante esta sesión de homenaje que, por otra parte, realiza la sociedad entera, el país entero, el mundo creyente y el no creyente, porque estamos convencidos de que la personalidad del Papa Juan Pablo II es una referencia para el mundo de la paz, para el mundo de los derechos humanos, para el mundo de la democracia, para el mundo que confía en la vigencia de los valores como sustento y como pilar básico de cualquier sociedad para mantenerse en el marco de las dificultades, de los conflictos, de las conflagraciones que muchas veces hacen a lo peor del ser humano.

"Yo soy feliz; espero que ustedes también" es un mensaje que enmarca definitivamente la personalidad de este hombre que tanto le aportara a la sociedad y que tanto le va a seguir aportando.

Vaya en estas humildes palabras y en las que, seguramente, llevarán adelante los integrantes de nuestra colectividad política y los otros integrantes de este Senado, el testimonio de nuestro país y el homenaje del pueblo uruguayo al Papa Juan Pablo II ante su desaparición física, en la seguridad de que la vigencia de su conducta, de su entrega, de su fe y de la esperanza que sembrara, deja un ejemplo de vida para el mundo entero.

Muchas gracias.

SEÑOR PRESIDENTE (Sr. Juan Justo Amaro).- Tiene la palabra el señor Senador Baráibar.

SEÑOR BARAIBAR.- Señor Presidente: por una muy acertada iniciativa del Partido Nacional, el Senado de la República rinde este homenaje al Papa Juan Pablo II, recientemente fallecido.

Falleció el pasado 2 de abril y permítanme una pequeña licencia de carácter personal: fue el mismo día que murió mi madre. Ella fue devota católica y ferviente militante durante toda su vida, desde hace más de 80 años en los pagos de Florida, donde nació. Colaboró con quien después fuera Monseñor Partelli y siempre que tuvo oportunidad lo hizo en los diferentes barrios donde vivió, concretamente en la Parroquia de Pocitos, San Juan Bautista, con el Obispo Rodolfo Wirtz -presente en las barras-, y recientemente, hasta que las fuerzas se lo permitieron, con los Padres Palotinos, cuya parroquia está en la avenida Luis Alberto de Herrera. Sin duda, mi madre se hubiera alegrado de esta coincidencia histórica: de que exactamente el día de su muerte también hubiera fallecido Juan Pablo II; se hubiera sentido reconfortada aún más por su creencia religiosa, que la acompañó hasta sus últimos minutos.

Abordar la personalidad de Juan Pablo II no es tarea sencilla. Primero, por la complejidad del tema religioso en el mundo de hoy y por la rica personalidad del Papa, sin duda un hombre polémico, incluso para muchos católicos. En segundo término, porque aun reconociendo la gravitación del catolicismo en el Uruguay, el fenómeno religioso se expresa aquí de manera diferente a la mayoría de los países de América Latina, donde la Iglesia se identifica en forma más marcada o expresa con la cultura y las tradiciones nacionales, y hasta con el propio Estado y sus instituciones, en algunos casos. En tercer lugar, tampoco es sencillo hacerlo a nombre del Encuentro Progresista-Frente Amplio-Nueva Mayoría, en el que, por su definición pluralista, se expresan muy diversas concepciones doctrinarias como las socialcristianas, agnósticas, marxistas, liberales, y además porque seguramente hay entre los cristianos de nuestra fuerza política diferentes matices en materia religiosa y acerca de la personalidad del Papa Juan Pablo II.

Karol Wojtyla -nombre de nacimiento del Papa Juan Pablo II- fue sin duda un hombre intelectualmente brillante. Ha tenido en materia religiosa una postura muy apegada a los dogmas tradicionales de la Iglesia en temas como el divorcio, los métodos anticonceptivos, el celibato y otros tópicos, junto con una prédica sistemática a favor de los derechos humanos y la defensa de la justicia social, especialmente en el Tercer Mundo, con condena expresa a concepciones como el neoliberalismo y las políticas que han acrecentado la pobreza y las diferencias sociales. Asimismo, tuvo una actitud muy firme contra la guerra, como lo hemos visto en los últimos años con relación a la intervención de Estados Unidos y sus aliados en Irak.

Juan Pablo II ha invitado a toda la Iglesia -cito textualmente la Carta Apostólica "Tertio millenio adveniente", de 1994- a: "Subrayar más decididamente la opción preferencial (...) por los pobres y los marginados" y "el compromiso por la justicia y la paz en un mundo como el nuestro, marcado por tantos conflictos y por intolerables desigualdades sociales y económicas". El Papa fue consecuente con su mensaje religioso y su actuación como Jefe de la Iglesia, lo cual no lo ha dejado al margen de las críticas. Por un lado, se le ha atribuido a su papado una impronta fuertemente personalista. Por otro, corresponde recordar que ya en la Encíclica "Redemtor Hominis", de 1978, toma posición a favor de muchas innovaciones introducidas por Pablo VI y Juan XXIII y defiende la libertad religiosa, los derechos del hombre y la paz en el mundo. Una de las cosas por las que será recordado es por su actitud abierta hacia los otros credos. La humanidad vio por primera vez a un Papa católico ingresar a templos de otras religiones. También se lo recordará por su actitud lúcida y valiente que lo enaltece, al reconocer y pedir perdón por los crímenes o complicidades tácitas o implícitas con fuerzas oscurantistas y enemigas de la humanidad en diferentes períodos de la historia.

Como es notorio, y tal vez lo sea aun más por las circunstancias de su vida en Polonia, su país natal, Karol Wojtyla fue un sistemático adversario del socialismo real, aunque reconoció que -cito textualmente- "las necesidades por las que surgió históricamente ese sistema eran reales y serias. La situación de explotación a la que el inhumano capitalismo había sometido al proletariado desde el principio de la sociedad industrializada fue sin duda un mal que también fue condenado por la enseñanza social de la Iglesia".

En una intervención en la ciudad de Riga, en la ex Unión Soviética, en lo que algunos han llamado su "Manifiesto poscomunista", Juan Pablo II expresó: "Yo mismo, después del fracaso histórico del comunismo, no vacilé en plantear serias dudas sobre la validez del capitalismo". Wojtyla fue capaz de reconocer lo que muchos defensores a ultranza del capitalismo niegan o ignoran. Por ejemplo, en la Carta Encíclica "Centesimus Annus", en el centenario de la "Rerum Novarum", el 1º de Mayo de 1991, día de San José Obrero, Juan Pablo II nos habló del surgimiento en los siglos pasados de "una nueva forma de propiedad, el capital, y de una nueva forma de trabajo, el trabajo asalariado, caracterizado por gravosos ritmos de producción, sin la debida consideración para el sexo, la edad o la situación familiar, y determinado únicamente por la eficiencia con vistas al incremento de los beneficios." Según el Papa, el socialismo "ha fracasado, pero permanecen en el mundo fenómenos de marginación y explotación, especialmente en el Tercer Mundo, así como fenómenos de alienación humana, especialmente en los países más avanzados."

Señalo que "la Iglesia no tiene modelos para proponer", pero "queda mostrado cuán inaceptable es la afirmación de que la derrota del socialismo deje al capitalismo como único modelo de organización económica. Hay que romper las barreras y los monopolios que dejan a tantos pueblos al margen del desarrollo, y asegurar a todos -individuos y naciones- las condiciones básicas, que permitan participar en dicho desarrollo", según cita textual.

Otro rasgo característico de la personalidad de Juan Pablo II fue su firme decisión de encarar lo que él ha llamado "un examen de conciencia" al fin del milenio: "¿dónde estamos?, ¿adónde nos ha conducido Cristo? y ¿dónde nos hemos desviado del Evangelio?" De la respuesta a esas interrogantes que el Pontífice se planteó, surge el examen autocrítico de la trayectoria de la Iglesia. Ese "mea culpa" resume la personalidad de Juan Pablo II, esa inquietud cristiana que trasmitió a su Iglesia. Wojtyla se nos reveló así como una personalidad excepcionalmente inquieta.

Como apunta con acierto Luigi Accattoli, para una institución milenaria como la Iglesia Católica, no hay tarea más ardua que la "revisión" de su propia historia, es decir, de su imagen. Wojtyla sintió un deber de lealtad y de verdad hacia sí mismo, hacia su misión y su conciencia.

Recordemos que bajo Pío XII, todavía los judíos eran responsables de la muerte de Jesús. Los sucesivos Pontífices fueron revirtiendo viejas posturas. Para Juan Pablo II los judíos, al igual que los musulmanes, son hermanos de los cristianos.

Con ese "mea culpa" el Papa completa la obra conciliar e impulsa a la Iglesia a dar un gran paso, imprescindible para trasmitir su mensaje en el nuevo siglo. También modifica la imagen del Papado y resitúa la Iglesia Católica en el contexto mundial contemporáneo, más reconciliada con las restantes comunidades religiosas y con todos los hombres y mujeres, creyentes y no creyentes.

Me congratulo, como cristiano y como católico, de que Juan Pablo II haya admitido con enorme valentía las culpas de la Iglesia en temas tan diversos como las Cruzadas y las guerras de religión, la aceptación de dictaduras que vulneraban los derechos humanos, la marginación de la mujer, la persecución de los judíos, la condena de Galileo, la Inquisición, la opresión de los indios en nuestro continente, la aceptación de las injusticias, la pasividad ante el nazismo, el racismo o la trata de esclavos, entre otros tantos trascendentes temas en la historia de la humanidad.

Volviendo a la interpretación del Papa Juan Pablo II de los fenómenos sociales y políticos de nuestra época, me parece oportuno leer otro pasaje de "Centesimus Annus" donde se refiere a los acontecimientos de los últimos años del siglo XX. Además de lo acaecido en los países de Europa Oriental y Central, sostuvo el Papa, esos acontecimientos mundiales "abarcan un arco de tiempo y un horizonte geográfico más amplios. A lo largo de los años 80 van cayendo poco a poco en algunos países de América Latina, e incluso de África y de Asia, ciertos regímenes dictatoriales y opresores; en otros casos da comienzo un camino de transición, difícil pero fecundo, hacia formas políticas más justas y de mayor participación".

Tras resaltar el rol de la Iglesia "en favor de la defensa y promoción de los derechos humanos", Juan Pablo II señala que "de este proceso histórico han surgido nuevas formas de democracia, que ofrecen esperanzas de un cambio en las frágiles estructuras políticas y sociales, gravadas por la hipoteca de una dolorosa serie de injusticias y rencores, aparte de una economía arruinada y de graves conflictos sociales" en varios países. ¡Vaya si tienen vigencia estos conceptos en distintas partes del mundo y ciertamente en nuestro continente!

Pienso que forma parte del compromiso y de la compenetración del Papa con las nuevas realidades del mundo su toma de partido contra el bloqueo a Cuba, expresada no sólo de palabra sino en esa señal inequívoca que dio al mundo con su visita a la hermana República de Cuba. Dijo en aquel momento una frase que recorrió el mundo: "Que Cuba se abra al mundo y que el mundo se abra a Cuba". Lamentablemente, ya han pasado años de esa visita y esta frase profética del Papa aún no se ha concretado. No perdemos las esperanzas de que el mundo se abra a Cuba para que Cuba se abra al mundo.

No estamos descubriendo nada al decir que el Papa no simpatizó con el modelo político de la isla, como él se encargó de dejar bien claro. Tal vez por eso mismo, el mensaje implícitamente dirigido a Estados Unidos adquirió una fuerza especial y sigo pensando que dicho mensaje en algún momento pueda dar sus frutos.

Sin embargo, más allá de esto, creo que en esa visita, así como en las visitas a Uruguay -a la cual me referiré- o en otros tantos encuentros del Papa con los pueblos de todos los continentes, se expresó la voluntad de las grandes mayorías de alcanzar un mundo más justo y solidario.

Recordando su visita a Montevideo e independientemente de lo que cada uno piense en materia religiosa, fue un hecho de alta significación que la principal autoridad de la Iglesia llegara a nuestro país no solamente para oficiar misa y dialogar con miles de montevideanos, incluyendo encuentros como el que tuvo lugar con los jóvenes de la Universidad Católica del Uruguay o para reunirse con el entonces Presidente de la República, doctor Julio María Sanguinetti -hoy aquí presente- y con autoridades de la Iglesia uruguaya, sino también para internarse en nuestro territorio y llegar con su mensaje a Salto, a Florida y a Melo, es decir, al litoral, al centro, al norte y al este del país.

Fue un Papa itinerante que recorrió el mundo y que hizo en nuestro país lo que realizó en todos los continentes, faceta que lo distinguiera: llegar hasta la gente en todos los lugares posibles para trasmitir su mensaje. En la era de los medios electrónicos y la revolución de las comunicaciones, quiso revalorizar el contacto directo con la gente, más humano y cálido. Esto de por sí acrecienta la fuerza de su mensaje y, más allá de lo estrictamente religioso, ha constituido una señal que todos deberíamos tener en cuenta en esta época en la cual la tecnología nos achica el mundo desde el punto de vista material, pero donde las distancias entre los seres humanos parecen agrandarse.

Quiero señalar que en el ámbito parlamentario la primera visita del Papa Karol Wojtyla, en marzo de 1987, había dado motivo para un recordado debate sobre aspectos filosóficos, religiosos y políticos, en el cual se expresaron diferentes visiones que también están presentes en nuestra sociedad y que en última instancia hablan del pluralismo que nos caracteriza, del respeto y la tolerancia de los uruguayos en materia religiosa y filosófica y de la reafirmación del Estado laico, que en aquella oportunidad, democráticamente, resolvió aprobar un proyecto de ley que dispuso el mantenimiento, en su emplazamiento original y con carácter permanente, de la cruz erigida con motivo de la visita del Papa, en calidad de monumento conmemorativo de dicho acontecimiento.

En este momento de dolor para los cristianos, y al rendirle homenaje póstumo, le agradecemos a Juan Pablo II por su extraordinaria contribución a acercar a los pueblos y a identificarnos con el prójimo en torno a un conjunto de valores universales que no son los de un credo o los de una Iglesia -aunque el Papa haya sido el máximo representante de una de ellas-, sino un patrimonio que la humanidad necesita conquistar y reafirmar cada día: la paz, la libertad, la justicia, la prosperidad, el derecho a una vida digna para las naciones y para los pueblos de todo el mundo.

Muchas gracias.

SEÑOR PRESIDENTE (Don Juan Justo Amaro).- Tiene la palabra el señor Senador Gallinal.

SEÑOR GALLINAL.- Señor Presidente: queremos expresar nuestro saludo a las autoridades de la Iglesia Católica que hoy nos acompañan en ocasión de esta sesión extraordinaria que, como se ha dicho, ha sido convocada a instancias del Partido Nacional para rendir homenaje a la figura de su Santidad el Papa Juan Pablo II y también para manifestar nuestro agradecimiento por el hecho de que la Iglesia y el mundo hayan podido disfrutar de un papado de 26 años tan rico en acción.

Karol Wojtyla nació en una pequeña ciudad del sur de Polonia, en mayo de 1920, en el seno de una familia de clase media. Perdió a su madre cuando tenía seis años, a su padre cuando tenía 21 y, siendo joven, murió su hermano menor por haberse arriesgado a probar una vacuna experimental que, como médico, quería administrar a efectos de contener una grave epidemia regional.

Católico practicante desde su primera infancia, no fue sin embargo un eclesiástico por vocación precoz. Con 19 años de edad, dejó sus estudios universitarios de filología y se empleó como obrero con el propósito de evitar la deportación por los alemanes, que ya ocupaban el territorio de su patria. Ingresó al seminario inmediatamente después del fallecimiento de su padre y cursó -lo que lo marcó para el resto de su vida- clandestinamente estudios sacerdotales prohibidos durante la Segunda Guerra Mundial y bajo la ocupación nazi, con todo lo que eso implicaba de oscurantismo, persecución racial y política, totalitarismo y militarización extremos, violencia homicida contra la que no valían barreras ni refugios de ningún tipo.

Se ordenó sacerdote en 1946, en los inicios de otro orden totalitario que cayó sobre Polonia precisamente por la modalidad político - militar de su liberación del nazismo. Menos violento, el totalitarismo comunista de sujeción a Moscú, tuvo una duración mucho mayor que la de su precedente alemán. Todo el ministerio sacerdotal y episcopal de Karol Wojtyla se desarrolló bajo ese régimen, stalinista primeramente y poststalinista a partir del XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, en 1956. Polonia estaba todavía gobernada por el Partido Comunista e inscrita en la férrea dominación del Pacto de Varsovia cuando fue elegido Papa, en octubre de 1978. A esa altura, Wojtyla había acumulado una riquísima experiencia como párroco adjunto, asesor de movimientos católicos juveniles, universitario doctorado en filosofía, Obispo Auxiliar y después Arzobispo de Cracovia, activo e influyente Padre Conciliar del Vaticano II.

Desde una fe ilustrada y una identificación equilibradamente intelectual y afectiva con el mensaje cristiano, este clérigo audaz y asombrosamente dinámico defendió los espacios de la Polonia católica al tiempo que se inscribió en el sector "blando", vale decir, negociador, del Episcopado, en relación con el régimen comunista. Aunque absolutamente impredecible y sin embargo muy explicable una vez que se produjo, la elección de Wojtyla para el pontificado redundó en una labor fluidamente articulada con todas sus gestiones previas. Se ha dicho que Juan Pablo II ha sido un "párroco del mundo", por la inmediatez que ha cultivado respecto de todas las situaciones eclesiales y de cada circunstancia laical y de los consagrados en el planeta entero, lo que ha conseguido mediante una indeclinable actividad de viajero, que no se queda en las capitales o los lugares conspicuos y mucho menos en las áreas propicias a los recibimientos multitudinarios, así como a través de un empleo exhaustivo de las técnicas más modernas de comunicación masiva y cotidiana.

Ahora que ha comenzado a faltar, nos daremos cuenta de cómo este Papa ha convivido con cada uno de nosotros, creyentes y no creyentes, y nos ha comunicado su pensamiento y su sentimiento sobre cada problema y cada expectativa de los hombres y a las mujeres de hoy. Detrás de esa comunicación presencial y mediática, subyacía una confianza desbordante en la vigencia del Evangelio y el valor permanente de vivir el cristianismo y su apertura de la esperanza y la libertad.

"No temáis", es uno de los soportes de toda la predicación de Juan Pablo II, la que no ha dejado virtualmente ningún tema sin tocar, entre los que corresponden a la responsabilidad de los cristianos. En este sentido, Wojtyla ha sido, además de párroco, "obispo del mundo", en continuidad con lo que hizo en Cracovia y en la medida en que la primera obligación del obispo radica en el magisterio y la orientación de las opiniones, desde la sede catedralicia que asume al acceder al orden episcopal.

Juan Pablo II concibió su pontificado como un concreto ejercicio episcopal de la cátedra de Roma, peculiarmente universal. El universalismo como quehacer y modo de vivir constituye, sin duda, uno de los signos que distinguen a su pontificado. Fue una sorpresa para los que dentro y fuera de la Iglesia preveían un papado particularista, "polaco", escasamente comunicativo; una de las múltiples sorpresas que deparó este hombre, sobre todo, en tanto que presbítero.

Wojtyla hablaba, seguramente, una media docena de idiomas al acceder al pontificado. En ejercicio de esa investidura amplió prodigiosamente esa capacidad, como atestiguan muchos y como se comprobaba ocasionalmente a través de los registros televisivos de sus visitas y audiencias. Se entendía con las elites, a veces en medio de discrepancias explosivas y siempre en términos de una inusual franqueza, pero privilegió constantemente a los pueblos, a la gente común. En Managua, en 1983, enfrentó a los que se decían dirigentes de una iglesia popular, que pretendían darle lecciones de pastoral revolucionaria, y optó por la masa de los nicaragüenses humildes que se reconocían en la Iglesia de Jesús y en su Pastor Universal. Hace ya años que Fernando Cardenal, que encabezaba aquella Iglesia sandinista cuestionadora, ha abandonado la arrogancia de entonces y, con actitudes de autenticidad ejemplar, hace cura de almas en un barrio pobre de Managua, tras renunciar a cualquier función directriz o docente.

No obstante que Karol Wojtyla eligió vivir como cristiano y presbítero, y nada más, en razón de lo cual ocupó los cargos y desempeñó las funciones que le asignó sucesivamente la Iglesia, no caben dudas en cuanto a que aquella decisión capital derivó a otros terrenos y adquirió significaciones adicionales. Como presbítero fue un intelectual destacado y como Sumo Pontífice se constituyó en un actor de la política y la diplomacia mundiales. Imposible reseñar brevemente todo lo que hizo y todo lo que hizo que otros hicieran en estas dos últimas áreas. Se puede, sin embargo, señalar algunos mojones y evocar algunas actuaciones típicas de su papado.

No creemos que se haya propuesto alentar o acelerar la implosión de los regímenes comunistas de modelo soviético. No hubiera correspondido a su responsabilidad pontifical ni a la esfera de capacidades y a la misión de la Iglesia, que este Papa ha depurado de algunas adherencias que se arrastraban todavía en los años setenta del siglo pasado, como por ejemplo una especial influencia vaticana en la política de Italia. Wojtyla era antitético del comunismo, por ser cristiano y también por abrigar convicciones democráticas, como probaría reiteradamente en todo su largo período como Pastor Universal. Juzgaba duramente el totalitarismo de aquellos regímenes y les exigía las libertades humanas que negaban, entre las cuales atribuía carácter primordial a las libertades de conciencia y de culto. Pero no asumió, seguramente, la labor política de derribarlos o sustiuirlos, mucho menos en conexión o al servicio directo o indirecto del liberal - capitalismo o los propósitos de otros Estados.

Como ciudadano y patriota polaco se alegró indudablemente de la lucha de Solidarnosc y del pueblo en general contra la dictadura de partido y del tránsito de Polonia a la democracia.

(Ocupa la Presidencia el señor Rodolfo Nin Novoa)

- Su independencia lo llevó a intervenciones distintas a cualquier otra, y muy resueltas, en el conflicto árabe - israelí y en la crisis de Irak. En relación a esta última se definió antes que ningún otro líder contra la invasión que preparaba el gobierno de George Bush, lo que no obstaba a que reclamara del régimen de Saddam Hussein el cumplimiento de las decisiones de las Naciones Unidas y la admisión de las justificadas inspecciones que se le imponían.

Advirtió sobre las consecuencias incontrolables de la ocupación de Irak por potencias occidentales y de cualquier guerra en gran escala. Envió a un Cardenal italiano, especialmente apreciado en Estados Unidos, a fin de apelar a la conciencia del Presidente estadounidense, pero su voz fue desoída.

Esa voz no perdió una sola oportunidad de exhortar a la paz entre las naciones y a la paz que supera todos los antagonismos de ideas, de etnias, de clases, de intereses. No se limitó, empero, a llamar a la paz, prosiguiendo la práctica que inauguró Pablo VI; emitió un mensaje especial en los días previos a cada 1º de enero, en celebración de las Jornadas Mundiales de la Paz, según lo ha proclamado la Santa Sede. Como su antecesor, Juan Pablo II estudia en cada uno de esos mensajes a la paz, sus condiciones de posibilidad desde un ángulo particular. En conjunto, forman una fenomenología y una espiritualidad de la convivencia pacífica, reflejo de un ansia radical, insatisfecha pero indeclinable, hondamente arraigada en la persona del Papa y en la institución que encabeza.

Por último, hay que tener en cuenta su intervención en los graves conflictos que oponían entre los años 70 y 80 del Siglo pasado a Argentina y Chile; sus alusiones frecuentes a los flagelos que padece Africa; la labor de los representantes del Vaticano en comisiones de desarme y otras instancias internacionales, especialmente de las Naciones Unidas, que Juan Pablo II ha estimulado siempre. También hay que destacar el establecimiento de relaciones diplomáticas con la casi totalidad de Estados del mundo, entre ellos, Israel, así como también, las estructuras sostenidas por el Pontificado, por encima de fronteras políticas y culturales.

Un actor internacional de extraordinaria estatura ha muerto. Es probable que su influencia y el rico patrimonio de sus pautas y orientaciones no desaparezcan, sino que por el contrario ganen eficacia y se proyecten largamente al futuro.

Este es, señor Presidente, nuestro humilde y sentido homenaje a Juan Pablo II, y es cuanto teníamos para expresar.

SEÑOR PRESIDENTE.- Continuando con el homenaje, tiene la palabra el señor Senador Abreu.

SEÑOR ABREU.- Señor Presidente: en primer lugar, deseo saludar a las autoridades de la Iglesia Católica y, en particular, a los representantes del Estado del Vaticano, en su calidad de Estado, con el que tenemos relaciones diplomáticas desde hace tanto tiempo.

En segundo término, queremos expresar que la reflexión que nos inspira la desaparición de Juan Pablo II está vinculada, primero, a su trayectoria, a su aporte, a su visión como Jefe de Estado y, luego, a su calidad de Pastor Supremo de una comunidad de fe religiosa. En ambos aspectos nos hemos sentido representados, por ser ciudadanos de un país que mantiene valores y aspectos que le dan sentido a la propia estructura democrática del Uruguay, pero también por el hecho de que en su ciudadanía, expresada en el máximo de pluralidad y diversidad, algunos profesamos la fe cristiana y católica y otros, en ese respeto y en esa pluralidad, o simplemente son agnósticos o profesan su fe en otro tipo de expresión espiritual.

Sin perjuicio de verme representado en forma clara y contundente por las expresiones de todos los señores Senadores, quisiera reflexionar sobre los rasgos más característicos o que más nos impresionaron de Juan Pablo II.

Fue el primer Papa no italiano designado en 476 años. Es decir que hubo una inflexión de la Santa Sede que determinó expectativas -como se dijo en Sala- acerca de hacia dónde se podría orientar un Papado, no sólo desde el punto de vista de su rectoría espiritual, sino también en lo que refiere a su función en un mundo y en un momento muy especial, en particular al elegirse un Papa que venía de uno de los bloques integrantes de la bipolaridad mundial producida después de la Segunda Guerra Mundial.

Si pudiéramos definir a Juan Pablo II como intérprete de la visión de todos los ciudadanos y de todos aquellos de buena voluntad en el mundo, por encima de su fe y sus creencias, podemos decir que ha sido un maestro de humanidad, una expresión de humanismo supremo; una visión que, reitero, va más allá de su trascendencia y de su fe religiosa; un compromiso con aquellos valores de la persona humana que determinaron que, sin perjuicio de los grandes cambios que se produjeron en el mundo, su pensamiento humanista quedara incólume, por encima de toda circunstancia. Y así se desplomaron el bloque comunista y el socialista; y él, que era un Papa polaco, sabía no sólo del sufrimiento de los pueblos en un escenario de guerra, sino también del sufrimiento que se padece cuando las ideologías transpersonalistas postergan la visión humana para privilegiar algunos objetivos más allá de estos valores. Y Juan Pablo II fue ese maestro de humanidad.

Por tanto, más allá de los aspectos religiosos y en lo que hace a la conducción de la Iglesia sobre temas opinables y sobre algunos que no lo son -porque los católicos reconocemos aquellas directivas que vienen a través de los dogmas-, podemos afirmar que Juan Pablo II, ciertamente, no fue un conservador. Y no lo fue, porque puso en el centro de su preocupación al hombre y a la mujer, a los Derechos Humanos, y porque sobrepasó cualquier tipo de partidarización o visión ideológica; porque, además, al poner al hombre como sujeto de derecho, determinó que el derecho a la vida y los Derechos Humanos básicos era la prioridad, no sólo del Vaticano como Estado, sino también de su conducción espiritual, que investía en representación de su Iglesia. Ese humanismo lo mantuvo alejado de los condicionamientos ideológicos o, incluso, de las pasiones naturales de la vida política. Su visión, no sólo del comunismo sino también del capitalismo, recogió aspectos críticos, simplemente, porque su compromiso era en defensa del hombre y de sus derechos básicos, emanados del Derecho Natural. Ellos fueron el eje de su prédica como Jefe de Estado y Líder Espiritual de la Iglesia Católica, proyectados, incluso, por encima de su Fe en cada oportunidad que debió enfrentar.

Es muy importante que como Jefe de Estado haya tenido, además, la posibilidad de duplicar las relaciones diplomáticas del Vaticano durante su mandato; llegó aproximadamente a ciento setenta relaciones con Estados. Todo eso, porque era intérprete de una visión de carácter político, pero, además, de carácter espiritual. Y como no se impuso -porque la comunidad espiritual no permite las imposiciones-, lo que hizo fue conducir y, sobre todo, convocar, que es el lenguaje más claro del espíritu cuando emerge de las convicciones, de las creencias o de la fe. Y, como no impuso, sino que convocó, ingresó a la humanidad en representación universal de los derechos de los más postergados, de los más necesitados, de los jóvenes, de la familia, de todos aquellos que poco tenían que decir. Juan Pablo II no se transformó en el instrumento de una expresión ideológica, sino que actuó en rescate de la esencia de los Derechos y los valores humanos como punto de referencia de su compromiso de Estado.

Así lo hizo, señor Presidente, incluso en los gestos más importantes que los actores políticos de países pequeños deberíamos reconocer. Me refiero a su humildad y al reconocimiento de aquellas equivocaciones o errores que la propia Iglesia, como Estado, cometió durante muchos años. Y no tuvo ningún tipo de reserva en pedir perdón por la omisión o la inercia eclesial en algunos temas referidos a la Segunda Guerra Mundial. Tampoco la tuvo a la hora de acercarse a cada una de las otras religiones para extender su mano de reconciliación, en vez de la confrontación. Precisamente, esa omisión provocó una de las autocríticas más claras que ha realizado el Estado Vaticano y el Jefe Espiritual de la Iglesia. Juan Pablo II rescató el principio según el cual el mandamiento del amor no puede ser violado nunca por el fanatismo. Ese mandamiento del amor no le dejó lugar a la intolerancia ni a la exclusión. Simplemente, al extender la mano a todas las religiones, a todos los Estados y a todas las creencias, se transformó en un actor principal en el ámbito de la política externa y, sobre todo, en el de la comunidad espiritual, sin que ello quedara únicamente circunscrito a su comunidad religiosa o a su Iglesia Católica, Apostólica y Romana.

De esta forma encaró la política exterior del Vaticano. Y su expresión más clara la tuvo con América Latina, concretamente, en su visita a México con el objetivo de restablecer las relaciones diplomáticas con ese país, que más allá de su fuerte comunidad religiosa estuvieron interrumpidas durante varios años. También lo apreciamos en su visita a Cuba, donde dio una pauta clara de que su expresión política estaba contra el bloqueo y contra todo aquello que significara una violación de los principios del Derecho Internacional. Pero por ello tampoco dejó de expresar su mensaje espiritual y su discurso central en defensa de los derechos humanos. Del mismo modo, lo vimos actuar en América del Sur durante el conflicto del Beagle entre Argentina y Chile, cuya confrontación hubiera sido una tragedia para todo el continente. La mediación del Vaticano supuso también que ese Estado, no sólo con una visión espiritual, estaba comprometido con la paz, con la seguridad internacional y, fundamentalmente, con la solución pacífica de las controversias.

Por este motivo, el Papa Juan Pablo II tuvo autoridad moral para enfrentarse a las acciones unilaterales de los Estados -por más poderosos que fueran- que desconocían las normas del Derecho Internacional y las expresiones del Consejo de Seguridad y los responsabilizó -aun teniendo en cuenta que la costumbre es fuente del Derecho Internacional- por la violación de los derechos humanos en todo el planeta.

Teníamos que expresar todo esto, porque se puede hacer un balance de gestión de un Papa desde el punto de vista religioso; un análisis sobre si se registran más evangelistas, más cristianos, más protestantes o sobre si -como se ha escrito en los últimos días- la Iglesia Católica perdió adeptos en algunos lugares o si la cantidad de fieles no resulta la misma de antes. Sin embargo, no es el tema que hoy importe, porque esa visión humanista y comprometida con los derechos humanos, con el derecho a la vida desde su concepción, esa visión moderna, pero firme en sus convicciones, erigió su Papado por encima de los aspectos puntuales de la conducción de su Iglesia.

Fue el Papa del "no temáis". Estas fueron las últimas palabras que repite antes de morir. Pero, además, fue el Papa que tuvo con América Latina una especial consideración, pues se acercó -en sus desgracias y en sus postergaciones- a los humildes que, por cierto, son muchos y sufren el hambre, la miseria y la marginación. A ninguno de ellos utilizó como instrumento de su fe, de sus designios políticos. Siempre puso el tema de los Derechos Humanos, el valor de la familia y, especialmente, de los jóvenes por encima de todas las preocupaciones.

Juan Pablo II estuvo en el Uruguay en dos oportunidades. Quizás fuimos pocos los que tuvimos el privilegio de conocerlo personalmente. Alguna vez he comentado en otras reuniones la entrevista personal que mantuve en su biblioteca particular, después de que nuestro país defendió en la conferencia internacional del Cairo, con fuerte convicción, el derecho a la vida. En aquella oportunidad, nos habló del derecho al trabajo, de la importancia que tiene el compromiso social y de su visión sobre el desarrollo humano como parte del compromiso de un sistema capitalista que, a veces, en su expresión radical, privilegia el lucro por encima de aquellas realizaciones a favor de la gente más necesitada. Pero no lo hizo con sentido político. En esa entrevista, al ingresar en ese recinto tan solemne, se dirigió a mí en español, diciéndome: "Señor Ministro, usted representa al Uruguay. ¿Cómo ve usted el proceso del MERCOSUR? ¿Cómo está avanzando el MERCOSUR?" No era una pregunta de compromiso, sino comprometida, porque sabía la importancia que tenía para nuestro país un proceso de integración. También me habló de Rio Grande del Sur y de su cercanía con nuestro país, así como de las corrientes migratorias alemanas en ese Estado. O sea que dejó en claro una visión y un conocimiento profundo de nuestra realidad regional. Después de hacer todo este tipo de apreciaciones se refirió, en particular, al derecho a la vida, al resultado de la Conferencia del Cairo; también nos preguntó por la ciudad de Melo; simplemente, porque recordaba que en esa ciudad había participado en un acto muy importante, en donde reflejaba esa visión regional en la cercanía con Brasil y la importancia de lo que significa el desarrollo integral del Uruguay.

Esto ocurrió en 1988 y fue en Cerro Largo donde pronunció el discurso en el que abordó el mundo del trabajo. Juan Pablo II dijo lo siguiente: "La propiedad privada grava una hipoteca social. Los derechos del hombre y los derechos humanos están también representados en un salario digno, en una vivienda decorosa y en una vida que vale la pena vivir." En ese ámbito, como tantas veces se ha planteado, habló sobre los peligros de la emigración rural e insistió en la necesidad de evitar "que los más jóvenes abandonen sus localidades para engrosar los cinturones de pobreza de las capitales." Esta visión es el resumen humano de esa expresión espiritual comprometida con la realidad.

En sus últimos instantes, sintiendo a la humanidad como su propia familia, dijo: "No teman el sufrimiento y la muerte porque son parte integral de la experiencia humana. No mueran más en soledad, sino entre los suyos que a su vez también morirán." En esta manifestación, que no es una expresión escéptica, se refleja su convicción espiritual según la cual los que profesamos esa fe sabemos que el tránsito que se produce es a una resurrección que nos da fortaleza de espíritu y esperanza para todos.

Por eso, en este homenaje y reconocimiento, quería testimoniar este sentimiento, pero, sobre todo, rescatar esa visión humana y esos valores que hoy los más jóvenes, los más necesitados y las familias de todas las comunidades, identifican con el aporte comprometido del humanismo ejemplar que representó la figura de Juan Pablo II.

Muchas gracias.

SEÑOR PRESIDENTE.- Tiene la palabra el señor Senador Penadés.

SEÑOR PENADES.- Señor Presidente: a esta altura de la sesión, creo que es bueno que comencemos a tratar de no repetir conceptos que, evidentemente, se nos agolpan en la mente y en el corazón, corriendo el riesgo de ser reiterativos en este sentido homenaje que la bancada de Senadores del Partido Nacional, todo el Senado de la República y el Uruguay entero le tributan en estos días a la figura de su Santidad el Papa Juan Pablo II, como Vicario, como pastor, como estadista y como hombre.

En octubre de 1978, se produce una de las tantas imágenes que a uno le quedan grabadas: en ese entonces, cuando tenía trece años, en mi casa se tomó conocimiento de que había fallecido el Papa de la linda sonrisa, quien comenzaba a ser catalogado como Juan XXIII, el Papa Bueno. Fue un momento crucial en la vida de la Iglesia y del mundo. Todos los cristianos, los católicos, pero fundamentalmente todos los hombres de buena voluntad del mundo, ansiaban depositar las esperanzas de encontrar en esa generación, en esa década tan convulsionada de los 70, referentes ante la desaparición del tímido Pablo VI. Se esperaba la aparición de un Papa que pudiese convertirse en guía espiritual, en referente. En la figura de Juan Pablo I albergábamos -por el convencimiento de quienes somos cristianos de que la elección no es por casualidad, sino producto de una serie de factores terrenales y, mucho más, divinos- la esperanza de que ese pastor y vicario fuera el conductor, por mucho tiempo, de la Iglesia Católica. No lo fue. Entonces, recuerdo cuando se abrieron de par en par las puertas de la Basílica de San Pedro y apareció un cura con respecto al cual el locutor de televisión de aquel momento comentó: "Es polaco"; se generaba así, en todos nosotros -y supongo que en el mundo entero-, la sorpresa de que por primera vez en cuatrocientos noventa y tres años la Iglesia Católica no elegía a un italiano para estar al frente de ella. No fue producto de la casualidad que fuera polaco, eslovaco o que viniera de un país de detrás de la cortina de hierro, profundamente católico, como fue Polonia -devoto de la Virgen María, en la representación de su Santa Patrona-, de un país acostumbrado a la guerra, a las divisiones, al reparto de los poderosos de turno: prusianos, austrohúngaros, rusos, soviéticos. Ese hombre había sufrido. He escuchado en los últimos días que algunas personas anunciaron que perdieron la fe por la cantidad de sufrimientos que les había tocado vivir. En este caso, por el contrario, la cantidad de sufrimientos que le había tocado vivir, lo habían convertido y confirmado en su fe católica.

Ese Papa polaco expresó una primera frase que aquí ha sido repetida y que marca todo su reinado: "¡No tengan miedo!". Esta frase encierra una definición con un contenido filosófico muy profundo, que con el ejercicio de su conducción pastoral se confirmaría en miles de circunstancias, eventos y situaciones de carácter personal, general, religioso y político. En la figura de Juan Pablo II y en esta Institución vale la pena no solamente reivindicar la condición de hombre de fe y de religión, sino también la de un político y estadista -que es con toda seguridad la consagración más grande que puede ostentar y desear tener un político- como lo fue este hombre venido de Polonia, que lanzó esa primera frase definiendo bajo ella el largo reinado que tendría frente a la Iglesia Católica.

Este Papa ha sido partícipe, actor -y quizás uno de los principales-, y ha tenido la humildad que solamente poseen los grandes hombres; es decir que, a pesar de ser uno de los grandes actores, prefiere mantenerse en el anonimato y estar en un segundo plano, justamente para que lo que se ostente, lo que se vea, no sea el hombre, sino la obra. Creo que la consagración más importante de ese fenómeno se ve en su acción pastoral: catorce Encíclicas, quince Exhortaciones Apostólicas, once Constituciones Apostólicas y cuarenta y cinco Cartas Apostólicas hablan de una generación -al decir de Rodó, al definir a Bolívar- "no solamente grande en el pensamiento, sino también grande en la acción." Y en la grandeza de la acción se ve un arquitecto que comienza desde su púlpito, desde su privilegiada situación, a adivinar y a entender cuál era su misión.

¿Cuál era la misión que tenía este hombre, sabiendo -como dice el Salmo de David- que el señor es mi pastor? Entendió que su misión era no solamente apostólica, sino también la de ser un referente y un generador de opinión a favor de la humanidad. Antes que nada, fue un gran humanista. Por eso el Papa se convirtió en un martillo que golpea sobre el yunque de nuestra conciencia durante todo su reinado. De este modo, participa directamente -reconocido por los actores de turno- en la caída de la no libertad, del no respeto hacia el hombre; en la caída, diría yo, del no hombre, que fue el socialismo real del comunismo.

Hoy recordaba una anécdota que alguien comentó, según la cual este Papa, en determinado momento, amenazó con dejar el trono de Pedro e ir a Polonia a ponerse al frente del Sindicato Solidaridad, para provocar y acelerar la caída de lo que ya se vislumbraba que no iba a caer por otra cosa que por oponerse a las reglas básicas de la definición del ser humano. Luego de conseguir eso, que no fue poco, torna. Es así que la interpretación de su misión no puede ser etiquetada ni tampoco segmentada según las condiciones, las lecturas y las citas que puede haber hecho de una cosa o de la otra. El Papa fue el gran defensor del ser humano, del hombre, de su dimensión material y espiritual; fundamentalmente, fue un gran reivindicador de la dignidad humana. Por eso, de la misma manera que participa en la caída de aquellos sistemas totalitarios de Gobierno, la emprende posteriormente sobre el capitalismo salvaje, condenando la sumisión del hombre por el hombre, denunciando en donde fuera posible y se le permitiera, cualquiera fuera el Foro -desde los países más encumbrados hasta las naciones más pequeñas y pobres-, que se vivía en una sociedad en la que se construía un mundo en el que algunos eran cada día más ricos y otros eran cada día más pobres.

Siendo un referente moral y habiendo sido en el plano de la libertad un gran reivindicador al haber reclamado la libertad para los individuos y las naciones, Juan Pablo II es recordado inasequible al desaliento, ya que no vivimos en un mundo irracional y sin sentido, sino que hay una lógica moral que ilumina la existencia humana y hace posible el diálogo entre los hombres y los pueblos.

La libertad -decía y compartimos- no es simplemente ausencia de tiranía o de opresión, ni es licencia para hacer lo que se quiera. Posee una lógica interna que la cualifica y la ennoblece. Está ordenada a la verdad, a la verdad como socio indisoluble de la libertad, y se realiza en la búsqueda y en el cumplimiento de ésta. Es preciso descubrir ese lenguaje comprensible y común para entender la libertad y vivir en ella. Hablando de la verdad, también la toma como punto de partida, considerándola como lugar central del ministerio del hombre, lo cual implica que no se puede vivir una vida verdaderamente humana de espaldas a la verdad. Debe ser reconocida y manifestada abiertamente. Por tanto, como el hombre es un ser que vive en sociedad, la verdad tiene una dimensión social y pública. Una sociedad en la que se debilite la conciencia de la verdad del hombre, pierde también el motivo para respetarlo; éste queda reducido a un objeto similar a los otros objetos naturales sobre los que se puede ejercer el dominio.

Es así como el orden moral penetra en las estructuras y en los estratos de la existencia de una Nación como Estado, así como en las estructuras y en los estratos de la existencia política. En el fondo, sólo partiendo de la verdad del hombre, puede ser respetada y reconocida universalmente la dignidad de la persona. Cualquier análisis de la sociedad política ha de partir de una premisa esencial, señoras y señores Senadores: aunque la persona exista siempre dentro de un contexto social e histórico concreto, su dignidad no podrá ser jamás disminuida, violada o destruida, sino que, por el contrario, debe ser siempre respetada y protegida.

Ese Papa que entiende su tiempo y que utiliza los medios al servicio de la humanidad, es un Papa mediático; es un Papa amigo de las cámaras y por ellas difunde, "Urbi et Orbi", su labor, su peregrinaje, y puede ser conocido, destacado, respetado y querido en todos los rincones del mundo, por quienes profesamos su fe y por quienes no la profesan. Hay que ser muy necio, señor Presidente, para no reconocer en la figura de Juan Pablo II a uno de los hombres más importantes que los seres humanos hemos tenido en el Siglo XX y en los primeros años del Siglo XXI.

En ese golpear la conciencia, señor Presidente, es amigo de la juventud. Y hablo así, tal vez, en mi condición de Senador joven. Me refiero a ese hombre que sustenta, en lo doctrinario, actitudes y posiciones que muchas veces podrían no ser entendidas o compartidas por la juventud, pero que, por el contrario, encuentra en ella a su principal aliado. La juventud encuentra en él, no a un héroe de pies de barro, o a algo que se construye y luego se destruye porque aparece una nueva estrella de rock o un nuevo actor de cine famoso, sino -y esto es esencial y fundamental- a alguien que los comprende, los entiende y los interpreta. Eso es lo que hace que de una grey de 700:000.000 de fieles, pase a tener 1.000:000.000 al finalizar su reinado.

Además, para quienes hablan -a veces con desprecio- sobre el ejercicio pastoral o sobre la propia Iglesia Católica, es importante destacar que donde logra una fundamental adhesión de fieles o conversión de estos, es en África.

El Papa de los jóvenes y el Papa de los pobres; el hombre que ante las Naciones Unidas convoca a los pueblos a la paz; el hombre que denuncia; el hombre que propone; el hombre que construye; el hombre que tiende puentes.

Si hay algún lugar en el que me hubiera gustado estar como testigo presencial, es en el encuentro celebrado entre el Papa y el Gran Rabino. Se conoce una frase con la que el Gran Rabino lo recibe y es la siguiente: "Hermano: hace dos mil años que te estamos esperando". Me hubiera encantado conocer de qué manera le respondió el Papa. Debe haber sido un encuentro de esos que se conocen comúnmente como "de alquilar balcones".

Eso de pedir perdón -actitud que aquí se ha reiterado y sobre lo que se ha pasado revista en cuanto a la cantidad de veces que lo hizo-, es algo que solamente los grandes lo hacen. ¡Tantos otros tendríamos y tendrían que haber pedido perdón y hasta el día de hoy no se les ha escuchado emitir sonido! Entonces, reivindiquemos hoy la acción de pedir perdón como un don superior que solamente los grandes de espíritu tienen.

Es así, entonces, que ese Papa nos va mostrando su combate contra el materialismo y el narcisismo, mostrándose como era; y vemos en su destrucción física aquello que nos sorprendía a todos: que ese cuerpo le iba quedando cada día más chico. Cada vez su pensamiento, su acción y su ser trascendía lo físico y se convertía, fundamentalmente, en lo espiritual. Quienes somos católicos, vemos allí la gracia del Espíritu Santo; quienes no son creyentes, interpretarán que era un hombre dotado de una fuerza superior.

Se trata, entonces, de ese hombre que, cargando con su cuerpo, con su dolor, con la pesadumbre de ser intérprete y pastor de tantos que sufren, de tantos que padecen, entendiendo que su misión no sólo era terrenal sino también espiritual, se convierte en un gran manto de esperanza para la civilización. Vemos esto en ese diálogo interreligioso que llevó adelante en Fátima, en el intento de tender puentes, en el intento de la denuncia, en el intento de la propuesta y en el intento del perdón, acercándose cada vez más a lo que todo cristiano -fundamentalmente él, el primero de todos los católicos- debe llevar adelante, teniendo claro que el Señor es su pastor. Es así como en el año 2000, en Fátima, cuando ya tenía sobre sus hombros las enfermedades, las recaídas, e iba superando lo que representa el cuerpo para introducirse en algo mucho más profundo, se dirige a los enfermos diciendo algo proverbial: "Quiero que sepas que esta no puede ser la última estación, la del invierno, porque la última estación será la de la primavera".

El Papa de la eterna primavera es al que hoy le tributamos homenaje.

Nada más, señor Presidente.

SEÑOR PRESIDENTE.- Tiene la palabra el señor Senador Alfie.

SEÑOR ALFIE.- Gracias, señor Presidente.

Mucho se ha dicho -creo que todo-, en términos generales, acerca de las características personales que adornan esta personalidad que hoy estamos homenajeando y que son totalmente compartibles. Voy a ser bastante más escueto que mis predecesores, pero no menos sentido.

Hoy homenajeamos a una de las personalidades más destacadas de nuestros tiempos, no sólo por su condición de líder mundial de la Iglesia Católica, sino por haber defendido con honradez intelectual y con convicción, desde dicha posición, valores y principios tan caros para la ética humana y para la sociedad occidental como la libertad, la democracia, la justicia y el respeto por los derechos humanos, entre otros.

Cuando asume como Papa era relativamente joven para la posición que iba a ocupar. Su fortaleza de espíritu lo llevó a peregrinar por el mundo y a tratar de convencer a la gente de lo que él entendía eran las cosas correctas. Más aún, cuando el peso de los años y el desgaste físico hacían notoria mella -y todos lo podíamos ver-, él mantuvo un intenso peregrinar a lo largo de todo el mundo, especialmente en aquellos lugares donde su presencia incomodaba a los gobernantes de turno. Así podemos destacar su resolución para que la Iglesia jugara un papel decisivo en el conflicto de Beagle, entre Argentina y Chile. También podemos recordar su visita a Nicaragua, donde le tocó enfrentar el abucheo de la multitud, para muchos planificado por la resistencia promovida por el régimen sandinista, obviamente, ante la oposición del Papa, como principal de la Iglesia Católica, a la llamada Teología de la Liberación, a la que en el fondo, como ya se ha dicho, la terminó derrotando, o por lo menos la relegó a un plano sumamente menor, pero por el mero hecho de su capacidad de convencimiento y de acción.

Podemos destacar, además, otra infinidad de visitas, como la que realizó a Chile en el año 1987, cuando el régimen de turno quiso aprovechar su visita para lograr algún espaldarazo, y un año después el mismo Pinochet -a quien el Papa trató de convencer para que renunciara- terminó renunciando. Lo mismo pasó con Paraguay en el año 1988: poco tiempo después, el régimen de Stroessner caía. Fundamental fue también su acción en su Polonia natal, dando el apoyo explícito a Lech Walesa -y a su sindicato "Solidaridad"-, quien poco tiempo después lideraría las acciones que pondrían fin a la Polonia comunista; esto, como todos sabemos fue el antecedente inmediato de la caída del Muro de Berlín, el 9 de noviembre de 1989. Tan vertiginosos fueron los hechos, que el 1º de diciembre de ese mismo año el Papa recibe en el Vaticano a Gorbachov, y meses después se completó el resto de la caída de los regímenes comunistas de Europa Oriental, que caían como fichas de dominó, uno tras otro: Bulgaria, Checoslovaquia, Rumania, etcétera. El punto culminante fue la caída final del régimen ruso, en agosto de 1991. Seguramente no fue la única persona que ayudó a que esto sucediera, pero sí fue la persona que ayudó a que ocurriera más rápidamente. ¡Qué distintas habrían sido las cosas si este Papa hubiera estado durante la Segunda Guerra Mundial!

Posteriormente, con su visita a Cuba generó esperanzas en cuanto a que el régimen flexibilizara su posición con respecto a los presos políticos y a las limitaciones de culto existentes en la isla. Si bien obtuvo el compromiso de Castro -y más que el compromiso, la adopción de algunas medidas en el sentido esperado- ello fue efímero, pues pronto se volvió a la situación anterior, hasta nuestros días. Quizás sea este el único Gobierno que no ha respetado un compromiso asumido con este Papa.

En síntesis, fue un paladín de la lucha contra los regímenes totalitarios. Conoció el nazismo de joven, lo padeció y, por supuesto, lo detestó. De la misma manera, conoció el comunismo -y tuvo las mismas reacciones-, el llamado socialismo real y las dictaduras militares de América Latina. A todos los combatió y los condenó con su estilo particular, con la serenidad de su palabra y la dureza de su mensaje. Influyó -como ya dijimos-, junto a otros líderes mundiales, en la aceleración del fin de la Guerra Fría y en el inicio del siglo XXI, antes de que el calendario lo indicara.

Además, tuvo la grandeza -como bien se reconoció aquí- de reconocer errores cometidos por la Iglesia Católica a través de la historia; como bien decían los señores Senadores, eso es para muy pocas personas.

Jugó un papel indiscutible en el acercamiento y la convivencia armónica con otras religiones del mundo. Su ortodoxia y seguridad religiosa no fue óbice para ello, sino todo lo contrario: fue su sustento.

En definitiva, le dio al Papado un rostro más humano, más cercano a los problemas cotidianos de la gente, con su mensaje directo, comprometido y cargado de realismo. Priorizó valores supremos, como la libertad y la convivencia armónica de los pueblos.

Este es todo nuestro sencillo pero sentido homenaje a esta relevante figura del siglo XX.

SEÑOR PRESIDENTE.- Tiene la palabra el señor Senador Da Rosa.

SEÑOR DA ROSA.- Señor Presidente: quisiera hacer algunas reflexiones sobre una de las personalidades más apasionantes de la historia de fin del siglo XX y comienzos del XXI, que asumió como conductor de la Iglesia y como Papa en un tiempo difícil, el de la plena Guerra Fría, planteada entre dos grandes centros o polos a nivel internacional. Había entonces toda una temática interna dentro de la Iglesia, con turbulencias y dificultades enormes entre un sector que rechazaba las reformas del Concilio Vaticano II, realizadas entre 1963 y 1964, que incluso amenazaban con el cisma dentro de la Iglesia -como ocurrió con algunos sectores, en particular de la Iglesia Católica en Francia-, y otro que apoyaba la llamada Teología de la Liberación, que especialmente en América Latina reivindicaba una proyección del compromiso de la Iglesia con la problemática social, más allá de lo que los propios aspectos consagrados en el Concilio Vaticano II permitían o señalaban. En medio de esa tremenda dificultad, en medio de esos tiempos de fuertes turbulencias para esa organización humana que es, en definitiva, la Iglesia Católica, él asume un papel -sin duda trascendente- como conductor espiritual de su iglesia y también como estadista que deberá ser categorizado en la historia como el hombre de la proyección internacional de la Iglesia. Así como Juan XXIII fue conocido como el Papa Bueno, el Papa de la apertura, que a través del Concilio Vaticano II dio lugar a que la Iglesia tuviera un mayor compromiso con la problemática social y terrenal, y el Papa Pablo VI fue el hombre de la cultura, el hombre de los valores intelectuales, reconocido tal vez como uno de los más exquisitos a lo largo de la historia de la Iglesia, Juan Pablo II, cuando asume el Papado, toma el nombre de sus dos antecesores -que, a su vez, había sido adoptado por su predecesor, Juan Pablo I, en ese breve Papado de treinta y pocos días-, con el firme y claro compromiso de reivindicar aquellos aspectos que habían sido recogidos y consagrados en el Concilio Vaticano II. Pero también tuvo el equilibrio suficiente como para reafirmar determinados valores tradicionales que él consideró, sin duda, pilares fundamentales de la organización de la Iglesia, que hacen a la existencia misma de la institución a lo largo de su historia.

En ese doble papel, como conductor espiritual y como líder político y hombre comprometido con su tiempo, poseedor de un enorme pragmatismo para poder comprender las relaciones internacionales e incidir -desde la indudable posición de poder que ejerció- sobre la realidad mundial, Juan Pablo II fue marcando, a lo largo de sus 26 años de Pontificado, un camino dentro de la Iglesia y también dentro de la historia de la humanidad y sus relaciones. Fue un claro reafirmador de valores sustanciales que hacen a la existencia misma de la Iglesia: el concepto de lo espiritual, el concepto de la reafirmación de la dignidad del ser humano, el concepto de la defensa del hombre como centro fundamental en la vida de la humanidad.

Eso es, precisamente, lo que lo llevó a rechazar todas las reafirmaciones o los vínculos que de alguna manera intentaron desarrollarse a nivel de la comunidad internacional y de la vida de los pueblos, como lo fueron por un lado determinados visos de capitalismo salvaje, su condena a la expresión del neoliberalismo, al narcisismo y al consumismo, como expresión materialista que hacía que el hombre, en vez de ser el centro de la cuestión, pasara a ser un instrumento de las fuerzas económicas o rehén de la economía. Con ese mismo criterio y esa misma visión condenó, naturalmente, al socialismo real, también como una expresión de materialismo que dejaba de lado la dignidad del hombre y que lo subsumía en una concepción más absoluta y masificadora de la sociedad.

Eso lo lleva, además, a reafirmar también otro concepto muy importante dentro de la Iglesia: el de solidaridad. Él mismo lo dice cuando adopta el lema que definirá su pontificado: totus tuus, que quiere decir, precisamente, "todo tuyo". Esto, a su vez, es coherente con la expresión de San Ignacio de Loyola, cuando expresaba: "Sólo una vida dedicada a los demás merece ser vivida". Precisamente, esa expresión de solidaridad que parte de la base del respeto a la dignidad del ser humano, esa solidaridad entendida como integración entre los hombres, entre los seres humanos para enfrentar las dificultades y aliviar el sufrimiento y las penas, es lo que también lo lleva, pese a haber sido un duro crítico del socialismo real, a brindar su comprensión y respaldo, por ejemplo, a la postura de la Iglesia Católica brasileña, donde sus autoridades fueron severos censores del régimen militar y del sistema económico en el Brasil, y han expresado una y otra vez su solidaridad con los carenciados, con los sin tierra y con la gente más marginada, más pobre y más excluida de la sociedad de ese país.

Todos estos son valores que me parecen importantes y propios de una personalidad que se destaca en su tiempo y sobresale por encima de los demás. Llega, pues, al final de su pontificado y termina sus 26 años dejando una Iglesia mucho más integrada -con los matices naturales de toda organización humana-, de la que le tocó asumir la conducción en 1978. Además, deja como testimonio para el futuro la presencia protagónica marcada como líder espiritual en los temas internacionales, separando claramente el terreno del dogma de la fe y de los temas estrictamente religiosos, de lo que son los asuntos terrenales o de la política internacional.

El otro día, en oportunidad de la presencia del Papa en Jerusalén, alguien decía que no fue a Jerusalén a meterse en los temas políticos para conciliar a árabes e israelíes, sino que lo que buscó de alguna manera fue tender puentes desde su óptica religiosa y desde su papel como conductor espiritual, con corrientes religiosas que tienen trayectoria y antigüedad en la historia de la humanidad, como el islamismo y el judaísmo.

Así, entonces, termina su expresión como Papa siendo un reafirmador de valores fundamentales que hacen a la esencia misma de la Iglesia, pero por otro lado sin renunciar ni dejar que las reformas y el pensamiento del Concilio Vaticano II fuera sencillamente abandonado. Una y otra vez reafirmó su compromiso social y manifestó la vigencia de los puntos esenciales del Concilio Vaticano II.

Juan Pablo II finaliza su papado dejando, sin duda alguna, una marca extraordinaria que seguramente la historia, con el transcurso del tiempo, ha de reivindicar en mayor medida de la que hoy nosotros somos capaces en este tiempo en que nos toca vivir. Es seguro que será reivindicado con mayor intensidad por su proficua labor, por su gestión y por las huellas que deja en la comunidad internacional y en vida de su Iglesia Católica.

Muchas gracias.

SEÑOR PRESIDENTE.- Tiene la palabra el señor Senador Sanguinetti.

SEÑOR SANGUINETTI.- Señor Presidente: el Senado de la República y el Parlamento todo -el Parlamento de una república laica- se ha honrado hoy con este homenaje en la expresión de lo que es auténticamente nuestra democracia. De algún modo, aquellas históricas visitas del Papa también nos ayudaron a redefinir mejor los términos de la concepción de nuestro propio Estado, estableciendo el real concepto de una laicidad entendida como neutralidad del Estado y no como concepción a todas las creencias o convicciones filosóficas o religiosas que están identificadas con nuestra propia organización estatal desde las Instrucciones del año XIII, en que ya promovíamos la libertad civil y religiosa en toda su extensión imaginable.

En la perspectiva histórica, ya podemos mirar así a este gran personaje del siglo XX. Se trata de una figura decisiva de este siglo tan trágico y tan dramático, que termina con esa gran llamarada de humanismo y de paz que él representó. Fue un hombre de fe profunda -pude apreciarlo en más de una ocasión en los contactos personales- que nunca transformó en fanatismo, y de allí los puentes que tendió hacia todas las otras religiones.

Como Jefe de Estado tuvo el sentido claro de lo que era el Vaticano, Estado pequeño en su fuerza territorial, y de paso digamos que fue el primero que reconoció a nuestra República, lo que no siempre es recordado. Asimismo, respetó con particularísimo cuidado sus relaciones con Italia. El Presidente Pertini siempre lo señalaba y el actual lo señalaba ya, entendiendo claramente lo que era ese margen delicado y estrecho de las relaciones del Estado laico.

Como Jefe de la Iglesia ejerció un inmenso liderazgo y marcó, desde ese punto de vista, la impronta de lo que significó la sociedad contemporánea de los liderazgos morales, no aquellos emanados de la fuerza económica o estatal, sino el liderazgo moral que nace de causas humanistas y de tradición de paz, y se erigió en campeón de todas las libertades a través de su defensa de la libertad religiosa que comenzó en aquella sacrificada y heroica lucha por mantener la Iglesia viva bajo la opresión tiránica del régimen comunista de Polonia. La libertad religiosa abrió amplios caminos a todas las otras libertades, como la libertad religiosa que abrió en Cuba, es sin duda base de lo que serán las futuras libertades también en ese país.

Estas razones que estos días hemos expuesto todos a través de los diversos medios que la sociedad uruguaya ha señalado y ha reivindicado, nos honra a todos nosotros como miembros de la institución parlamentaria al hacer este homenaje. Es un homenaje que hacemos llegar al Vaticano como Estado y a la Iglesia Católica uruguaya como tal, porque en los valores sustantivos de nuestro país, que se impregna en una filosofía humanista, se reúnen todos estos de la mejor tradición de Occidente, la tradición judeo-cristiana-grecorromana, en la cual el espíritu humanista se conjuga a través de todas las dimensiones del espíritu en la acepción mayor del respeto a la dignidad humana.

Este líder contemporáneo, moderno en su expresión, en su configuración, distintivo de lo que son esas características, deja ese inmenso legado y pasa a configurarse no sólo en una de las grandes figuras del siglo XX, sino también en uno de los líderes intelectuales, diríamos, de este siglo que abre, porque deja abierta una agenda de debates, que aún en la controversia marcará su vigencia.

Gracias, señor Presidente.

SEÑOR PRESIDENTE.- El Presidente del Senado quisiera contar con la benevolencia del Cuerpo para realizar -ya que no se trata de un debate- algunas meras y breves reflexiones desde la Presidencia y dirigirse al Cuerpo para decir algo que siente profundamente.

Tuve el enorme privilegio de ser el primer ciudadano que en Cerro Largo se acercó a recibir a su Santidad cuando visitó el departamento. La verdad es que el clima de espiritualidad que reinaba en aquel día frío y nuboso de mayo todavía no se ha borrado de la mente y de las retinas de todos los cerrolarguenses y, particularmente, de quien habla.

Comparto plenamente las definiciones que aquí se han dado sobre las características de Juan Pablo II, desde el punto de vista de su condición de líder y de estadista. En ese sentido, me quedó grabada una suerte de síntesis que me viene de una oración sencilla que es atribuida a San Francisco de Asís pero que, ciertamente, quizás no haya sido escrita por él. Cuando recuerdo a Juan Pablo II lo hago como lo que aquí se habló y se dijo de otro Papa: el Papa Bueno. Creo que Juan Pablo II fue, precisamente, un gran Papa bueno. Fue lo que San Francisco o el autor de esta oración sencilla definía como "Oh Señor, haz de mi un instrumento de tu paz". Acabo de pedirla porque me parece muy significativo leerla. Es muy breve y creo que todos acordaremos en que muchas de estas cosas sintetizaban, de alguna manera, a Juan Pablo II. Esta oración, expresa: "Oh Señor, haz de mi un instrumento de tu paz:

Donde hay odio, que yo lleve el amor.

Donde hay ofensa, que yo lleve el perdón.

Donde hay discordia, que yo lleve la unión.

Donde hay duda, que yo lleve la fe.

Donde hay error, que yo lleve la verdad.

Donde hay desesperación, que yo lleve la esperanza.

Donde hay tristeza, que yo lleve alegría.

Donde están las tinieblas, que yo lleve la luz.

Oh Maestro, haced que yo no busque tanto:

A ser consolado, sino a consolar.

A ser comprendido, sino a comprender.

A ser amado, sino a amar.

Porque:

Es dando, que se recibe".

Me parece, señores Senadores, que si hay algo que puede caracterizar a Juan Pablo II es que recibió muchísimo porque dio muchísimo, convirtiéndose en el instrumento de la paz del Señor.

Muchas gracias.

SEÑOR LARRAÑAGA.- Pido la palabra.

SEÑOR PRESIDENTE.- Tiene la palabra el señor Senador.

SEÑOR LARRAÑAGA.- Señor Presidente: quiero dejar una breve constancia.

Somos firmantes de una resolución del Senado, pero nuestra constancia pasa por el hecho de que queremos dejar en claro que el Partido Nacional va a impulsar, en su momento, por el mecanismo correspondiente, un proyecto de ley para trasladar el monumento del Papa al lugar donde está la Cruz, en Bulevar Artigas.

SEÑOR AMARO.- Pido la palabra para una cuestión de orden.

SEÑOR PRESIDENTE.- Tiene la palabra el señor Senador.

SEÑOR AMARO.- Solicito de la amabilidad del Cuerpo se incluya en la versión taquigráfica de la presente sesión, las palabras que hubiese deseado pronunciar.

SEÑOR PRESIDENTE.- Así se hará, señor Senador.

(Texto de las palabras cuya inclusión ha sido autorizada:)

SEÑOR AMARO.- Señor Presidente: queremos referirnos a la figura de Juan Pablo II, el Papa número 263, el primer no italiano desde 1522, el más joven desde 1846 y el primero que provenía del este eslavo. Quizá no haya otra noticia más importante en estos días y nosotros también queremos aportar nuestra visión de este gran hombre que marcó un camino en el mundo.

Pensamos que Juan Pablo II está más allá de lo que cada uno de nosotros creemos y practicamos, que su pensamiento y su acción han influido en el Siglo XX como quizá no lo haya hecho -en la senda del bien- ningún otro líder.

No olvidamos la visita que hizo a Florida a mayo de 1988, cuando nosotros éramos Representantes Nacionales, enseguida de la recuperación democrática. No olvidamos ese encuentro en el Estadio Campeones Olímpicos y la multitud que se congregó para acompañarlo y escucharlo. Y quisimos inmortalizar esa visita y que quedara en el mejor de los recuerdos de todos los floridenses cuando hicimos, como Intendente, la Plaza Juan Pablo II.

Ahora en Montevideo están viendo de hacer un homenaje, un monumento al Papa, pero nosotros los aventajamos en varios años con esa hermosa estela que está en la entrada a Florida por Gallinal, detrás del Estadio, un lugar que jerarquizamos y transformándolo de un basurero y un baldío en un enclave recordatorio. De esta acción nos sentimos orgullosos.

Desde la primera reforma de la Constitución impulsada por Batlle y Ordóñez, el Estado y la Iglesia no están juntos y son aceptados, libres y acogidos, todos los cultos religiosos. Esa es una característica de nuestro Uruguay, un país laico, donde cada quien, dentro de su libertad tiene la oportunidad de congregarse con otros para celebrar a Dios como mejor le parezca. Este Uruguay de la libertad de pensamiento, opinión y acción, es el que recibió dos veces al Papa. Esta República de libertad, algo muy caro y valorado por todos los orientales, no tiene restricciones para aquellos que dedican su vida al servicio de las causas nobles, a la promoción de las personas, de la vida y de la paz.

El largo debate por la permanencia o no de la cruz en Tres Cruces señala una actualización de la cuestión religiosa en el país. Un Uruguay laico que homenajea y recuerda con el símbolo principal del cristianismo a Juan Pablo II fue una oportunidad para replantearnos las relaciones entre el Estado y la Iglesia Católica y también con las otras creencias religiosas. Esta relectura contribuyó a la expresión de las distintas posiciones. Pero ya tiene un buen tiempo y estimamos conveniente que estos relacionamientos institucionales sean revisados con cierta frecuencia.

El Papa fue un defensor de la vida de todas las personas, un promotor de la paz y de la democracia. ¡Vaya si contribuyó desde su Polonia natal para que la gente viviera en libertad y democracia! Y esto le llevó a sufrir un atentado que le afectó la salud para siempre; es lo que pasa con los hombres grandes: pagan en su vida con sufrimiento y con dolor, pero no bajan los brazos, siguen adelante cuando tienen la convicción de una misión superior, de un mandato que es la felicidad de la gente. El Papa fue víctima del terrorismo, pero en vez de acuartelarse y temer, tuvo la valentía de seguir adelante, siempre, sin callar su pensamiento y fundamentando con razones sus afirmaciones. Si compartimos o no sus enseñanzas, pienso que no es el asunto hoy; lo que no admite discusión ni duda son esos valores de lucha por lo que uno está convencido, contra viento y marea, contra atentados y enfermedades, contra la incomprensión.

Según el historiador británico Paul Johnson en Historia del Cristianismo -una revisión de su obra de 1976 publicada en 2004- Juan Pablo II "llegó a creer que el asesino pertenecía a los servicios de inteligencia búlgaros, controlados entonces por Moscú, y que el atentado había sido, por lo tanto, una decisión política deliberada del gobierno soviético para eliminar a un hombre que -con razón, como se comprobaría después- consideraba una amenaza a su supervivencia." (página 685).

Hay dos aspectos que nos llaman la atención en la gestión, que así la podemos llamar también, del Papa. Una tiene que ver con un punto controversial en mil y una discusiones: la denominada "riqueza" del Vaticano. Wojtilla "racionalizó las colecciones de arte del Vaticano haciendo que toda la serie de museos, galerías y bibliotecas que emplean a 250 personas, se autofinanciaran con los ingresos por entradas que se cobran a los 2 millones 600 mil visitantes anuales, con los beneficios obtenidos por las tiendas de recuerdos que funcionan en ellos y con las concesiones de comercialización y los derechos de reproducción de su patrimonio". Sigo citando a Johnson: "estos cambios fueron significativos, porque permitieron que el Vaticano por primera vez en su larga historia, se ocupara de la conservación y cuidado de su incomparable patrimonio histórico." (página 684).

El otro aspecto que quiero resaltar es el manejo de los medios de comunicación social y las aglomeraciones multitudinarias que congregó este líder religioso. La innovación del papamóvil, le permitió ser visto en sus viajes por las multitudes. Y esta innovación también le costó el atentado el 13 de mayo de 1981. En su Polonia natal congregó a 3 millones y medio de fieles en una misa, la "muchedumbre más numerosa de la que se tenga memoria" en la historia de la humanidad.

Ante este gran hombre, nuestro homenaje, nuestra reflexión y las condolencias a todos los fieles católicos. Solicito Sr. Presidente que estas palabras pasen al Sr. Nuncio Apostólico en Uruguay y al Sr. Obispo de Florida, Monseñor Raúl Scarrone."

SEÑOR PRESIDENTE.- Léase una moción llegada a la Mesa.

(Se lee:)

SEÑOR SECRETARIO (Arq. Hugo Rodríguez Filippini).- "Ante el fallecimiento de su Santidad Juan Pablo II, mocionamos para que el Senado guarde un minuto de silencio, se envíen las palabras vertidas en Sala a la Nunciatura Apostólica, a la Conferencia Episcopal Uruguaya y al señor Obispo de Florida. Firman: los señores Senadores Larrañaga, Baráibar y Alfie".

SEÑOR PRESIDENTE.- Si no se hace uso de la palabra, se va a votar.

(Se vota:)

- 17 en 17. Afirmativa. UNANIMIDAD.

Se invita a la Sala y a la Barra a ponerse de pie y guardar un minuto de silencio.

(Así se hace)

4) SE LEVANTA LA SESION

SEÑOR PRESIDENTE.- Se levanta la sesión.

(Así se hace, a la hora 20 y 05 minutos, presidiendo el señor Rodolfo Nin Novoa y estando presentes los señores Senadores Abreu, Alfie, Amaro, Baráibar, Couriel, Da Rosa, Dalmás, Gallinal, Larrañaga, Long, Moreira, Penadés, Ríos, Rubio, Sanguinetti y Yafallian.)

SEÑOR RODOLFO NIN NOVOA Presidente

Arq. Hugo Rodríguez Filippini - Santiago González Barboni Secretarios

Sr. Freddy A. Massimino Director General del Cuerpo de Taquígrafos

Linea del pie de página
Montevideo, Uruguay. Poder Legislativo.